sábado, 30 de junio de 2018

El abrazo ineludible de la metafísica




Cuenta la historia que hace mucho, mucho tiempo, la gente era estúpida e ignorante, y para explicar todo aquello que no entendían, se inventaban seres imaginarios y se contaban toda clase de historias extravagantes y absurdas. De aquí viene la creencia en dioses, en espíritus y en demonios. De aquí viene la magia, la astrología y la alquimia. Afortunadamente, sigue el relato, llegó el día en que nos dimos cuenta de que, en vez de inventarnos mitologías coloridas para explicar el mundo, podíamos simplemente observar cómo era éste.

La historia de la humanidad, a ojos de muchos ciudadanos modernos, es la historia de cómo toda esa estúpida gente del pasado dejó de creer en esas cosas tan disparatadas, cómo nos liberamos de las fuerzas de la Ignorancia y la Superstición, y cómo empezamos a adquirir conocimientos verdaderos, objetivos, del universo.

Según esta popular narrativa, la civilización moderna se distingue de todas las demás civilizaciones del pasado por el hecho de que sus conocimientos están basados en hechos objetivos y demostrables, no en supersticiones o creencias ciegas.

Pero, ¿en qué se basa esta narrativa? En los raros casos en que nos vemos en la necesidad de defenderla (normalmente no hablamos de ella porque su validez nos es evidente), nuestra arma principal para hacerlo es invocar el nombre de la Ciencia. Sabemos que estamos en lo cierto y que la gente del pasado estaba en un error porque tenemos a la Ciencia con nosotros. La Ciencia, herramienta objetiva por excelencia, nos da la razón.

Así que, ¿qué hace a la Ciencia algo tan especial? Supuestamente, lo que lo hace tan especial es que no se basa en dogmas y mitos, si no en la observación neutra y desinteresada de lo que ocurre en el mundo, y en el examen crítico de esas observaciones. Según el relato, a partir de la observación del mundo y de nuestra capacidad para razonar sobre dichas observaciones, fuimos desarrollando teorías sobre cómo funcionaba éste, las cuales serían confirmadas o desmentidas mediante ulteriores observaciones. Si una teoría superaba de forma exitosa suficientes de los exámenes a que los científicos la sometían, ascendería a la categoría de ley. Se volvería parte del universo conocido. Habríamos descubierto una parte del cosmos. Con el paso del tiempo, iríamos descubriendo y acumulando más y más leyes universales, con las que iríamos explicando y prediciendo una cantidad cada vez mayor de fenómenos, hasta que, con suerte, en un futuro no muy lejano todo fuera comprendido por la mente humana.

Se asemeja así la Ciencia a un implacable rodillo accionado por el ser humano que va eliminando todo lo desconocido, lo oculto, lo caótico e ininteligible del universo que encuentra a su paso, y en su lugar deja orden y ley. Un mastodonte que va descubriendo de forma progresiva la naturaleza auténtica del cosmos y va acumulando conocimientos objetivos de éste, revelando las leyes que lo controlan y lo guían.

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No quiero desmerecer los extraordinarios triunfos de la ciencia moderna en los últimos siglos, ni quitarle méritos a una empresa a la que tantas personas formidables han entregado tanta energía y tanta pasión. Pero creo que alrededor del término abstracto ciencia, se han juntado una serie de malentendidos, confusiones e interpretaciones que han alimentado una forma de ver el mundo y, sobretodo, de vernos a nosotros mismos, que podrá ser emocionalmente atrayente, pero no es en ningún caso “científica”. Voy a empezar a explicarme:

Consciente o inconscientemente, consideramos que la ciencia y los científicos descubren verdades literales sobre el cosmos. Se dice, por ejemplo, que tal o cual científico “descubrió” tal o cual elemento químico. Se dice que “el átomo” fue conjeturado en la Grecia Clásica y en la India antigua, que luego fue olvidado durante largo tiempo, hasta que fue finalmente “descubierto” en el siglo XIX. Por otro lado, se dice que Newton “descubrió” las tres leyes del movimiento y que Lavoisier (o Priestley) “descubrió” el oxígeno.

Bajo este punto de vista, la ciencia, mediante su procedimiento de observación, va descubriendo partes de la realidad que estaban ocultas “ahí fuera”. En su desarrollo, encuentra la naturaleza pura de las cosas. El oxígeno formaba parte del aire que respiramos antes de que Lavoisier descubriera ese elemento químico. La materia estaba formada por átomos antes de que sus descubridores, antiguos o modernos, hubieran nacido. Los cuerpos se regían mediante las leyes de Newton antes de que éste diera con ellas. Se asemeja así el trabajo del científico al ir sacando piedras de unos escombros para encontrar tesoros escondidos bajo ellas. A medida que se van descubriendo las verdades ocultas y se va acumulando el conocimiento, cada vez hay menos espacio para la elucubración y la imaginación. El mundo a nuestro alrededor se va “solidificando”, cristalizando en una forma concreta, la forma auténtica.

La ciencia, no obstante, no descubre verdades. La ciencia descubre regularidades en el mundo que percibimos. Pone el foco de atención en el hecho de que algunos fenómenos percibidos por nosotros acostumbran a ir seguidos de otros (por ejemplo, si dejo de sujetar el vaso que tengo en las manos, este caerá al suelo y se romperá), y así conjetura que ambos fenómenos están relacionados de forma causal (suponer que el hecho de que mi mano deje de sujetar el vaso ocasiona su caída y su eventual fractura).

Si la sucesión de fenómenos es suficientemente simple, podemos desarrollar modelos conceptuales, expresados en lenguaje matemático, que pretenden describir el modo en que los diferentes fenómenos están relacionados. En el caso del vaso que cae, Isaac Newton consiguió describir una gran cantidad de regularidades aparentemente desconectadas (por un lado, el hecho de que, en la Tierra, los objetos caen de forma vertical hacia la superficie si no hay un soporte que se lo impida; y por otro, el movimiento de los astros en el cielo, que aparentemente se regían por “leyes” diferentes) con el mismo modelo conceptual (las masas de los cuerpos se atraen, con una fuerza cuya magnitud depende del tamaño de dichas masas y de la distancia entre ellas).

Así, la ciencia puede detectar y describir con más o menos precisión las regularidades detectadas. Puede incluso explicar esas regularidades detectando o infiriendo regularidades que estaban ocultas (siguiendo con el mismo ejemplo, la atracción entre masas que llamamos gravedad se pasó a explicar, a raíz de la teoría general de la relatividad, a partir de la curvatura del espacio-tiempo provocada por la distribución desigual de la masa). Pero nunca podremos explicar las regularidades sin referirnos a otras regularidades. En un sentido último nunca podemos explicar por qué las cosas son como son. Da igual la cantidad de partículas subatómicas que se descubran en el Gran Colisionador de Hadrones. Da igual que las llamen “partículas de Dios”. Detrás de cada partícula, detrás de cada descubrimiento, siempre habrá un enigma. Siempre se asomará la pregunta “¿por qué esto?”. Detrás de cada misterio siempre habrá otro misterio.

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Pero podemos dar más vueltas de tuerca a todo esto. La ciencia descubre regularidades en el mundo que percibimos. Pero el mundo que percibimos no está “ahí fuera”. Tal como dijimos en el anterior artículo, no percibimos directamente ninguna “realidad exterior”; lo que experimentamos es una representación de esa realidad “exterior”, creada por la interacción entre dicha realidad y nuestra propia consciencia. Como resultado, lo que observamos viene condicionado tanto por la naturaleza del mundo exterior como por nuestra propia naturaleza.

La luz del sol en la cara. Esa canción que nunca te cansarás de escuchar. Las caricias de tu amante en una noche de pasión. Todas esas representaciones “se sienten” reales, pero eso es porque nunca hemos experimentado ni vamos a experimentar nada más. Sin embargo, por absurdo que parezca, esas representaciones no existen fuera de nosotros. No tienen una realidad objetiva. Las creamos nosotros mismos. Por eso, el mundo en que vivimos (el mundo que nos representamos) es profundamente humano (sólo podemos conjeturar cómo es el mundo representado por, digamos, un hongo), y profundamente subjetivo.

De hecho, la única razón por la que podemos siquiera hablar de “hechos” es que los seres humanos nos parecemos mucho entre nosotros y por consiguiente nos representamos el mundo de formas muy similares, así que podemos estar de acuerdo en muchas cosas (por ejemplo, podemos decir que el mar es azul, aunque el atributo “azul” ni siquiera exista “ahí fuera”, más allá de nuestra consciencia). Pero más allá del reino humano no existen los “hechos”: no hay hechos objetivos universales disponibles para nosotros.

Todo lo que ves, todo lo que oyes, todo lo que sientes, viene determinado por tu condición de ser humano. El universo a tu alrededor, querido lector, es, en su sentido más profundo, un universo humano, “moldeado hasta el más mínimo detalle por la imagen reflejada de tu propia humanidad”.

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Por su parte, cuando en vez de experimentar nuestras representaciones pasamos a pensar sobre dichas representaciones mostramos quizá aún más nuestra propia naturaleza humana, nuestras propias limitaciones y nuestra propia idiosincrasia. Nos sumergimos más en el océano de símbolos creados por nosotros mismos.

Al pensar en las representaciones que constituyen nuestro mundo, elaboramos una serie de términos y conceptos con los que ordenamos este mundo percibido. Estos términos y conceptos, nunca se repetirá lo suficiente, no son lo que pretenden ordenar. Son parte del grupo de símbolos que usamos para compartimentar y dar forma a nuestro conocimiento. Desarrollamos términos y categorías para describir y organizar los fenómenos, pero estos términos y categorías no son el fenómeno en sí. Les conferimos una existencia ficticia, y los confundimos con la realidad que pretenden organizar.

La tabla periódica de elementos químicos constituye un buen ejemplo de lo que quiero decir. La clasificación de la tabla periódica no está “ahí fuera”. La hemos creado nosotros porque nos parece útil, al resaltar las diferencias en ciertas propiedades de los diferentes tipos de materia. Hemos clasificado la materia en “elementos químicos” porque nos ha parecido útil, pero esta clasificación no estaba “ahí fuera” y, de hecho, no era inevitable diseñarla así. Podríamos, por ejemplo, haber considerado que cada uno de los tres isótopos del carbono era un elemento diferente. Pero no lo hicimos porque preferimos usar el número de protones como criterio para clasificar la materia. De nuevo, no era inevitable hacerlo así. Los átomos de los diferentes isótopos de carbono, después de todo, no venían con la etiqueta “CARBONO” enganchada en su núcleo.

Con estos términos y categorías establecemos fronteras claras en nuestra mente, y estructuramos así nuestro pensamiento. A los seres humanos nos gusta demarcar, clasificar, poner líneas y fronteras en los contenidos de nuestro conocimiento. De esta forma nos es más fácil darle sentido a las cosas. Pero estas demarcaciones no existen en la naturaleza, o al menos no existen en formas tan claras como en nuestros esquemas mentales.

Cabe decir que la excesiva literalidad con la que tratamos nuestros propios términos y categorías puede afectar tanto a los legos como a la comunidad científica. De hecho, el área concreta en que se haya especializado cada científico determina la forma en que organiza y compartimenta su conocimiento. Las distintas ramas de especialización actuarán a veces como una fuente de confusión adicional para el científico, ocasionando más de un malentendido. Veámoslo con otro ejemplo.

Cuenta Thomas Kuhn en su Estructura de las Revoluciones Científicas la historia de un investigador que “preguntó a un físico distinguido y a un químico eminente si un solo átomo de helio era o no una molécula. Ambos respondieron sin dudar, mas sus respuestas no coincidieron. Para el químico, el átomo de helio era una molécula porque se comportaba como tal por lo que respecta a la teoría cinética de gases, mientras que para el físico el átomo de helio no era una molécula porque no mostraba un espectro molecular. Presumiblemente, ambas personas hablaban de la misma partícula, pero la veían a través de su propia formación y práctica investigadora. Sus experiencias en la resolución de problemas les dictaban qué debía ser una molécula”.

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Al pensar en los fenómenos que observamos, desarrollamos modelos conceptuales que describen dichos fenómenos en términos suficientemente sencillos como para que los podamos entender. Pero, nuevamente, los modelos que desarrollamos para darle sentido a lo que observamos no existen “ahí fuera”.

Estos modelos son reflejos, tanto de la realidad exterior como de nuestra propia naturaleza. Son el resultado de la interacción entre nosotros y lo que hay ahí fuera. De esta forma, aunque con un telescopio o con un microscopio podamos observar cosas que no podemos ver por nosotros mismos, en el momento en que pretendemos darle sentido a los fenómenos observados mostramos nuestras propias limitaciones y particularidades.

Así, muchos de los modelos teóricos que usamos están construidos en última instancia a partir de metáforas y analogías obtenidas del mundo cotidiano o de anteriores modelos más conocidos; metáforas y analogías a los que no hemos llegado mediante ningún razonamiento lógico, mediante ningún criterio objetivo. Simplemente nos ha parecido útil ver el mundo a través de éstas.

Para entender lo que quiero decir, veamos, por ejemplo, cómo ha variado durante los últimos siglos nuestra idea de lo que es la luz.

En el siglo XVIII, a raíz del paradigma suministrado por la Óptica de Isaac Newton, se creía que la luz estaba compuesta de partículas, corpúsculos materiales. Posteriormente, en base a trabajos de científicos como Thomas Young y Augustin Fresnel en el siglo XIX, la luz pasó a ser un movimiento ondulatorio transversal. Ya en el siglo XX, a causa de los estudios de Max Planck, Albert Einstein y otros, la naturaleza de la luz volvió a cambiar. Ahora la luz era una entidad mecánico-cuántica que muestra algunas características de las ondas y algunas de las partículas, en lo que se llama “dualidad onda-partícula”. Entonces, ¿es esta dualidad onda-partícula la naturaleza “real”, “definitiva”, de la luz? Qué extraña que es la realidad, ¿no?

Es en casos como éste que nuestra propia idiosincrasia a la hora de conceptualizar la realidad “exterior” se observa de forma más clara. Dice Greer: “¿Qué significa, después de todo, llamar a algo una partícula? Examina el concepto por un tiempo y te darás cuenta que, en su raíz, este concepto de ‘partícula’ es una metáfora abstracta, extraída de la experiencia humana cotidiana de tratar con pequeños objetos redondos como guijarros y canicas. ¿Qué es, a su vez, una onda? Otra metáfora abstracta, extraída de la experiencia humana habitual de ver el agua en movimiento. Cuando un físico dice que la luz a veces actúa como una partícula y a veces como una onda, lo que está diciendo es que ninguna de estas dos metáforas describe más que parcialmente el comportamiento de la luz, y no tenemos una metáfora mejor disponible”.

Estas metáforas están presentes en todas partes del conocimiento científico, y de hecho su uso acostumbra a ser fundamental en la expansión del conocimiento científico. En tiempos de Benjamin Franklin, por ejemplo, la electricidad se entendía como un “fluido”. Sin esta metáfora y sin la idea de “embotellar el fluido eléctrico”, probablemente no se hubiera diseñado la botella de Leyden, instrumento clave para desarrollar la primera teoría paradigmática en el mundo de la electricidad.

De la misma forma podemos hablar de (cita sacada de The Blackwell Guide to the Philosophy of Science) “corriente eléctrica, campo eléctrico, estado excitado, o enlace químico que se forma, se rompe, se flexiona, se tuerce o incluso vibra. Este tipo de metáforas están ‘muertas’; son omnipresentes en nuestro lenguaje y se nos aparecen como expresiones literales, especialmente porque muchas veces son la única expresión de que disponemos para los fenómenos que pretenden describir. La prioridad histórica probablemente sería el único motivo por el cual la corriente de un río o un campo arado por un agricultor serían considerados expresiones más literales que una corriente eléctrica o un campo eléctrico”.

Décadas atrás, escribía el filósofo de la ciencia Peter Achinstein en Concepts of Science: A Philosophical Analysis: “Las analogías se emplean en la ciencia para fomentar la comprensión de conceptos. Lo hacen así al indicar similitudes entre estos conceptos y otros que pueden ser más familiares o más fácilmente comprendidos. También pueden sugerir cómo se pueden formular principios y cómo extender una teoría: si notamos similitudes entre dos fenómenos (por ejemplo, entre los fenómenos electrostáticos y los gravitacionales), y si los principios que gobiernan a uno son conocidos, entonces, dependiendo de lo mucho que se parezcan ambos, puede ser razonable proponer que principios similares gobiernan también al otro”.

Tras esta explicación, Achinstein daba varios ejemplos de analogías: (1) entre la estructura de un átomo y la del sistema solar, (2) entre las ondas de luz, de sonido y de agua, (3) entre la fisión nuclear y la división de una gota de agua, (4) entre el núcleo de un átomo y las capas de electrones, y (5) entre la atracción electrostática y la conducción del calor.

Agazapado detrás de todos estos ejemplos subyace, siempre oculto, el demonio de la confusión, que nos tienta a tratar los modelos, no como ayudas o herramientas para comprender, si no como verdades literales sobre el universo.

¿Y qué hay de las metáforas que tratan, por ejemplo, al cerebro como un ordenador, al ser humano con un robot biológico, o al universo entero como una gigantesca máquina? Cierto, estas metáforas se acostumbran a interpretar en un grado de literalidad menor que otras, pero aun así hay muchísima gente que pierde de vista su naturaleza metafórica, lo cual da lugar a unos cuantos malentendidos y a conclusiones que en ningún caso son justificadas.

Por otro lado, ¿qué hay del concepto mismo de “ley de la naturaleza”? ¿No es acaso una metáfora sacada de la experiencia cotidiana en sociedad, en la cual hay que obedecer unas leyes de convivencia y no cometer delitos? ¿O acaso creemos que las piedras caen porque se sienten obligadas a acatar el Código Penal del universo?

Tampoco los conceptos de la física actual (como las matrices de probabilidad cuántica o la curvatura del espacio-tiempo) dejan de ser modelos simplificados, creados por nosotros mismos para darle sentido a lo que observamos. El problema aquí, es que la realidad es tan lejana al “sentido común” y a la vida cotidiana, que incluso los modelos y metáforas que pretenden describir estos fenómenos en términos simplificados son increíblemente complicados y poco intuitivos.

¿Y qué decir de términos más fundamentales, como pueden ser “fuerza”, “energía”, o “cantidad de movimiento”? Relacionamos estos conceptos mediante el lenguaje matemático, en fórmulas que supuestamente representan valores lógicos universales, números puros, elementos objetivos. Esto nos produce la ilusión de que los conceptos mismos son universales, objetivos, únicos. Pero las expresiones matemáticas no significan nada por sí mismas, sin los conceptos, las categorías, los símbolos e imágenes que se ocultan bajo los signos de tal o cual ecuación. Ninguna observación, ninguna medición de la naturaleza nos informa de nada por sí misma, si no hemos aceptado antes una serie de categorías e imágenes básicas con las cuales ordenar dicha naturaleza.

“Velocidad”, “fuerza”, “masa”. ¿Acaso están “ahí fuera”? ¿Son “hechos”? ¿O son categorías creadas por nosotros mismos para explicarnos y ordenarnos el mundo en nuestros propios términos, de unas formas concretas? ¿No son acaso un grupo de símbolos e imágenes que reflejan nuestro modo particular de representarnos el mundo? ¿No son acaso reflejos de nuestro propio sentir? ¿O acaso creemos que un ser inteligente del planeta Kepler-452b que decidiera interrogar a la naturaleza en busca de respuestas llegaría por necesidad a los mismos conceptos que nosotros? ¿Tan arrogantes somos? ¿Acaso creemos que el camino que hemos seguido nosotros era el único posible?

Los conceptos mismos que usamos no tienen una base dada, objetiva, neutra. Nosotros decidimos representarnos el mundo en términos de “fuerza”, o de “movimiento”, o de “energía”, o de “materia”. No podemos analizar estos conceptos desde una base objetiva. Simplemente se nos ocurre intuitivamente representarnos el mundo a través de éstos. De hecho, tenemos problemas incluso para definir estos conceptos, y para hacerlo debemos nuevamente usar otros conceptos que en última instancia tienen su origen en la experiencia cotidiana (p.ej.: “la energía es la capacidad de producir trabajo”).

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En el anterior artículo describí cómo en la actualidad, para mucha gente (y para muchos científicos – en ese artículo citaba a Stephen Hawking) la ciencia se ha comido a la filosofía, la ha vuelto obsoleta, al responder mejor que ésta a las mismas preguntas que ésta siempre se había hecho. Pero después de todo lo dicho anteriormente, más de uno podría sospechar de la validez de esta afirmación. En efecto, si seguimos profundizando en los fundamentos de la ciencia, si seguimos escarbando en los conceptos y construcciones “científicos” que usamos para darle sentido al mundo, llegaremos a la conclusión de que toda investigación científica parte de una base, digamos, “metafísica”.

Los científicos que trabajan en cualquier campo del conocimiento que no esté en crisis, aceptan tácitamente, sin darse cuenta, sin ningún razonamiento previo, unas ideas concretas que les informan sobre cómo es el mundo, que lo estructuran de unas formas concretas, y que sirven de base a toda investigación posterior. Sólo a partir de esta aceptación la investigación científica es posible. El científico trabaja, sin darse cuenta, “desde dentro” de estos fundamentos.

Es más, algunos de los fundamentos metafísicos de la ciencia van mucho más allá del mero uso de metáforas o de elementos indefinibles para explicarnos partes concretas del universo. Por ejemplo, toda investigación científica parte de la suposición de que existe un realidad objetiva, independiente de la percepción y la medición, y que esta realidad es de alguna forma predecible y accesible a la razón humana. A esta suposición no hemos llegado a través de ningún experimento empírico ni por ningún estudio peer-reviewed publicado en Nature. Es una suposición metafísica. Pero su aceptación está implícita en la investigación.

Uno de los fundamentos metafísicos más importantes desde los cuales trabaja la comunidad científica actual es el del materialismo o, en un término menos utilizado pero quizá más adecuado, fisicalismo: la mayoría de científicos (y de ciudadanos comunes) asumen por defecto que el universo está constituido por materia y energía, y nada más. Todo aquello que existe es algo físico o puede en última instancia explicarse en términos de procesos físicos. No es concebible plantear que en el universo haya algo más que eso: hacer ese planteamiento es, a ojos de muchos científicos (y de muchos miembros de nuestra sociedad), un síntoma de estupidez y/o locura. Algunos incluso pueden encontrarlo ofensivo o de mal gusto. Porque a sus ojos, por definición, la existencia misma es materia y energía.

Querido lector, si en tu opinión esto es evidente y de repente piensas que me he vuelto loco por hablar siquiera de ello, si de repente sientes la imperiosa necesidad de abandonar esta página regentada por un “magufo” recién salido del armario, te sugiero que te sientes en una silla cómoda, con la espalda recta. Cuando estés bien sentado, cierra los ojos y relájate. Y cuando estés relajado, hazte la pregunta, ¿por qué esto es tan evidente?

Vamos a seguir dentro de unas semanas.


2 comentarios:

  1. Me n’alegro de llegir una crítica al científisme imperant.

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    1. Me n'alegro! I espera que encara no he acabat ;)

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