sábado, 19 de mayo de 2018

El Gran Edificio de la Humanidad



En la primera entrada de este blog, hace un poco más de un año, hablé de las técnicas que usamos los seres humanos para darle sentido a un mundo irremediablemente demasiado complejo para nosotros. Tejemos narrativas, pequeñas historias coherentes consigo mismas, modelos simplificados de la realidad, suficientemente simples para poderlos abarcar con nuestra mente, y suficientemente atrayentes a nivel emocional como para que los aceptemos. Usamos estas narrativas para explicarnos el mundo en que vivimos.

En dicho primer artículo puse de ejemplos algunas narrativas bastante ambiciosas: la muerte de Jesús, el gran mito histórico del comunismo, y el New Deal de la era Roosevelt. Cada una de estas tres historias es un modelo o representación de la realidad creado por nosotros, que pretende explicar partes del universo relativamente grandes. Pero este proceso de adaptación y simplificación de la realidad ocurre a un nivel mucho más fundamental y en situaciones mucho más mundanas.

Sin ir más lejos, todo lo que experimentamos a lo largo de nuestras vidas (el ordenador que tienes delante, por ejemplo, o el ruido del teléfono) son representaciones o modelos mentales creados por nosotros mismos, a través de los cuales adaptamos a nuestras capacidades una realidad demasiado compleja para nosotros. Estas representaciones son inevitablemente subjetivas; tienen necesariamente nuestra propia impronta, y vienen a ser un reflejo de nosotros mismos. De aquí sale la idea, presente en varias tradiciones esotéricas, de que la realidad experimentada (el macrocosmos) es un reflejo de quien la experimenta (el microcosmos). Las representaciones de la realidad que se hagan una abeja melífera, una lombriz de tierra o un roble serán profundamente diferentes a las que nos hacemos nosotros, ¿pero quiénes somos para decir que las nuestras son correctas y las suyas erróneas? Incluso podemos argumentar que nuestras nociones de espacio y tiempo, que consideramos tan “obvias”, son necesariamente subjetivas; otros seres pueden experimentar éstos en formas diferentes, o incluso no experimentarlos en absoluto.

Todas las representaciones e imágenes que experimentamos no existen fuera de nosotros, o al menos no existen en las formas en que las percibimos. Son símbolos creados por nosotros mismos. Forman parte de nuestra realidad y están irremediablemente conectados a nosotros; no forman parte de la realidad en sí misma (o la “cosa en sí misma”, en la terminología de Immanuel Kant) de la cual poca cosa podemos saber, más allá de que, como cualquier físico cuántico puede atestiguar, es de una complejidad mareante.

Asimismo, cuando pasamos a construir narrativas verbalizadas como las del principio del artículo (valiéndonos para ello de representaciones más simples), nos alejamos aún más de la “realidad en sí misma” y nos adentramos más en el reino de lo simbólico. Cuanto más abstractos sean los conceptos que usamos más nos hundiremos en el océano de los símbolos.

Este matiz (la diferencia entre “nuestra realidad” y “la realidad en sí misma”), incluso en los casos en que es reconocido, es hoy día normalmente tratado como algo insignificante. En el imaginario colectivo viene a ser uno de aquellos detalles anecdóticos que solamente sirven para entretener a los filósofos en disquisiciones triviales. Aunque no experimentemos la realidad directamente, a efectos prácticos, es como si lo hiciéramos, y discutir sobre este tema es querer complicarse la vida innecesariamente.

Hubo un tiempo en que tendía a estar de acuerdo con esta visión más “pragmática” de las cosas. Hoy día, no obstante, ya no me es posible seguir pensando así. No es un detalle insignificante. Es un detalle que lo cambia todo.

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Como ya hemos dicho, modificamos y simplificamos la realidad para poder abordarla con nuestras modestas capacidades. Pero como pasa en todo proceso de simplificación, hay partes de la realidad que son rechazadas y quedan fuera del cuadro de “nuestra realidad”. Esto hace que nuestro cuadro de la realidad sea incompleto. Es más, debido al enorme desequilibrio que existe entre una realidad de una complejidad inabarcable y las capacidades profundamente limitadas de los seres humanos, la parte de la realidad que queda “fuera del cuadro” es inevitablemente mucho mayor que la que está dentro de él.

Podemos observar esta circunstancia en todas partes. Pensemos por ejemplo en las típicas tertulias políticas de radio o televisión, en que, aunque según el presentador “se cubren todos los puntos de vista”, en realidad todos los contertulios comparten de forma tácita mucho más que lo que les divide.

Quién no se ha encontrado nunca, por ejemplo, con el clásico debate sobre la energía, normalmente consistente en una discusión sobre cual o cuales fuentes de energía deberían alimentar a la economía industrial globalizada. No hace falta haber presenciado muchos debates del estilo para conocer perfectamente los argumentos que se van a exhibir: los proponentes de los combustibles fósiles acusarán a las energías renovables de no estar preparadas y de encarecer los precios de la electricidad, mientras que los proponentes de las energías renovables acusarán a los combustibles fósiles de ser la energía del pasado, de ser sucias y de causar el cambio climático. Todo ello vendrá aliñado por el tradicional ingeniero nuclear trasnochado que nos informará de lo bien que irían las cosas si los políticos dejaran de tomar decisiones estúpidas, pusieran menos trabas a la instalación de centrales nucleares y dieran más dinero para la investigación de este tipo de fuente de energía, barata y limpia al mismo tiempo. Se afrontará el debate básicamente como un asunto puramente técnico, y muchas de las dimensiones sociales y políticas del asunto raramente entrarán en el horizonte de los contertulios. Preguntas como, “¿para qué queremos toda esa energía?” estarán ausentes; no están en el modelo, en la representación de la realidad de los participantes en la conversación.

Algo similar podemos decir de los debates convencionales de economía política, en muchos de los cuales parece que la única cuestión a aclarar es qué grado de implicación deberían tener los estados y los gobiernos en la economía de un país, y qué grado debería dejarse al sector privado. Todas las posiciones concebibles pueden ubicarse en una línea recta cuyos extremos son, por un lado, una economía de corte soviético en la que no existe el sector privado y todo está en manos de los gobiernos (posición convencionalmente asociada con la izquierda política), y por otro, una economía sin ningún tipo de regulación que opera bajo la tutela de la mano invisible de Adam Smith (postura asociada con la derecha), y en que el estado como mucho sirve para proteger la propiedad privada y mantener la paz. En algún punto de estos dos extremos podríamos situar las socialdemocracias “keynesianas”, y con eso, se supone, ya tenemos cubiertos a grandes rasgos todos los puntos de vista imaginables. Fuera de la discusión, claro, quedan los dogmas compartidos por todos, como la bondad y la inevitabilidad del crecimiento, la mecanización y la producción en masa; tampoco se discutirá sobre formas alternativas de organización de la economía que no puedan entrar en este cuadro ideológico unidimensional.

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Tal como muestran los dos ejemplos anteriores, esta absoluta ceguera respecto a amplias capas de la realidad ocurre no sólo a nivel individual; ocurre en sociedades y culturas enteras. Un individuo tiene una idea de lo que es cierto o falso, de lo que vale la pena discutir y de lo que es absurdo, en un cuadro mental tejido por diferentes narrativas. A su vez, este cuadro mental será a grandes rasgos compartido por una gran mayoría de miembros de su entorno (si el individuo no es un excéntrico sin remedio). En una sociedad concreta, en que sus individuos están en contacto frecuente, y que no recibe apenas influencias del exterior, todos tenderán a representarse el mundo en formas muy similares. Compartirán mucho más que lo que les separa. Y esto puede ocurrir tanto en una tribu aislada en Nueva Guinea como en una sociedad globalizada (pues esta última también está aislada de influencias del – espacio – exterior).

A su vez, los modelos simplificados de la realidad en una sociedad concreta se van heredando de generación en generación, perpetuándose, muchas veces con cambios mínimos. Un niño pequeño aprende a discernir lo que es cierto y evidente de lo que es falso y absurdo porque sus mayores se lo enseñan. Es posible que durante su etapa de crecimiento pase por un período de rebeldía en que rechace los modelos de sus padres, pero incluso la forma de ese rechazo vendrá definida por el modelo que está rechazando (el “campo de juego” será básicamente el mismo; la diferencia es que él dirá “no” a lo que su entorno dice “sí”, pero estará inconscientemente de acuerdo con su entorno a la hora de identificar cuáles son los problemas y los conflictos que importan). Y cuando el niño llegue a adulto, lo más probable (en una cultura que no esté en crisis) es que acabe aceptando los postulados principales de la sociedad en la que vive.

Veamos por ejemplo un poco del cuadro del mundo que tenían los habitantes de la Europa medieval, el conjunto de representaciones con las que se explicaban el mundo: lo que C.S. Lewis llamó el “antiguo Modelo”. A sus ojos había cosas evidentes, cosas absurdas, problemas que importaban, preguntas que cabía hacerse, conocimientos que valía la pena tener, etc.

Los medievales tenían, por ejemplo, una idea clara de cómo era el universo “físico” (idea heredada de la civilización clásica greco-romana), con la Tierra (esférica) en el centro, rodeada por ‘siete esferas’ en las que estaban ubicados los ‘siete planetas’ (incluidos la Luna y el Sol). Más allá de la séptima esfera estaba el Stellatum, donde habitaban las estrellas fijas, y más allá de eso, una esfera llamada Primum Mobile, o Primer Móvil, responsable del movimiento de los demás cuerpos celestes. Ese era el fin del universo “material”. Más allá de eso no había espacio ni tiempo, sino simplemente, en palabras de Dante, “luz pura, luz intelectual, llena de amor”. Esa imagen del mundo, completamente diferente a la nuestra, despertaba en ellos sentimientos y sensibilidades muy diferentes a los que tenemos nosotros cuando miramos al espacio. Mientras nosotros miramos al cielo y quedamos sobrecogidos ante la infinita vastedad cósmica, con distancias inimaginables de espacio vacío, frío y silencioso, y con millones y millones de galaxias con millones y millones de estrellas cada una, ellos miraban al cielo y veían algo que, dentro de su inmensidad, era “abarcable”, con una forma concreta y ordenada. El universo medieval vendría a ser, en palabras de Lewis, algo así como un “gran edificio”, esencialmente diferente al espacio sin límites ni horizonte que vemos nosotros. Todas las partes de ese universo existían “en armonía” con el todo. No había silencio, frío ni oscuridad. Había música, calor y luz.

A diferencia de nosotros, los medievales veían la consciencia como algo esencialmente diferente e independiente de la materia, y no una manifestación de ésta. Por eso, la existencia del alma, hoy día rechazada, era una obviedad palmaria, algo de absoluto sentido común. Esta independencia de la consciencia respecto a la materia, asimismo, les permitía postular la existencia de una gran variedad de seres que no existían en el “plano material”, o sólo lo hacían en ciertas ocasiones concretas, estando su residencia habitual en planos menos corpóreos. Hablo no sólo de Dios, sino de las nueve clases de ángeles que actuaban como intermediarios entre éste y los humanos, o de las hadas, que habitualmente entraban en contacto con los humanos y cuyo origen y naturaleza eran objeto de discusión, así como muchas otras entidades (fantasmas, demonios, espíritus de todo tipo, etc.).

Podríamos seguir describiendo el “modelo medieval”, pero creo que la descripción ya ha cumplido su objetivo, que era mostrar lo ajeno que era ese mundo a nuestros ojos. Para un miembro educado de nuestra sociedad, casi todo lo anterior es absurdo hasta niveles extravagantes. Se trata de una muestra de los excepcionales niveles de estupidez a los que podemos llegar los seres humanos. Las representaciones que los medievales se hacían del mundo que habitaban eran obviamente “falsas”. Pero lo mismo podríamos decir de todas las culturas antiguas de las que tenemos constancia. Da igual donde vayamos, si a Egipto, a Babilonia, a China, a India o a la América pre-colombina. Todos tenían creencias evidentemente absurdas, y sus concepciones del mundo eran erróneas y profundamente incompletas. Podemos decirlo alto y claro, con la seguridad de que (casi) nadie va a protestar.

El problema viene cuando trasladamos el foco de atención de las sociedades pasadas a la cultura actual.

Y es que una de las cosas que diferencian a nuestra cultura de todas las demás que han existido en el pasado es, según nos repetimos con insistencia, que basamos nuestro conocimiento en evidencias empíricas en vez de en supersticiones y creencias sin fundamento. Después de todo, si sabemos que la concepción del mundo de los medievales es falsa es porque lo hemos demostrado científicamente. Y creo que ahora ha llegado el momento de empezar a indagar en el conjunto de representaciones por los que nuestra propia sociedad explica cómo es el mundo en que vivimos y cuál es nuestro lugar en él. Dicho en otras palabras, vamos a comenzar a explorar el “modelo moderno” de la realidad.

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Según el “modelo moderno” de la realidad, a través de la Ciencia y la Razón los seres humanos hemos conseguido ir acumulando conocimientos verdaderos de nosotros mismos y del mundo que nos rodea, basados en hechos constatados y cuantificados. Así, a medida que nuestro saber va aumentando, las dudas se van despejando en nuestro horizonte y podemos verlo todo con más claridad. Cosas antaño desconocidas se vuelven evidentes, o evidentemente falsas, y el reino de lo desconocido se va empequeñeciendo con cada año y cada década que pasa ante el rodillo imparable del saber humano. Modelos anticuados como el medieval son desechados por sus obvios errores. La luz de nuestro conocimiento va iluminando cada vez más partes del mundo en el que vivimos, y la oscuridad está en retirada.

No es sino desde la altura intelectual que hemos alcanzado que podemos observar los limitados conocimientos de nuestros predecesores y sus estrafalarias creencias. Podemos estudiar de forma científica el comportamiento y las creencias de los humanos de épocas pasadas, como si de ratas de laboratorio se trataran. Sorprendidos por lo que parecen evidentes muestras de locura de nuestros antepasados (pensemos, sólo para empezar, en los dioses, los santos, los milagros, los espíritus, la magia, la astrología o la alquimia), nos vemos en la necesidad de desarrollar hipótesis antropológicas, sociológicas y psicológicas (véase por ejemplo La Rama Dorada de James Frazer, o Religion Explained, de Pascal Boyer) que expliquen los orígenes de delirios tan incomprensibles como las creencias religiosas. Podemos establecer jerarquías entre las sociedades del pasado, clasificándolas según su “nivel de evolución” (sociedades tribales, civilizaciones neolíticas, de la edad de bronce, de la edad de hierro, etc., hasta llegar a nuestra sociedad).

Para muchos miembros de nuestra civilización es grande la tentación de considerar a nuestros antepasados tremendamente estúpidos por creer en cosas que hoy día parecen ridículas hasta para un niño pequeño. Incluso podemos sentir un poco de vergüenza por pertenecer a la misma especie que ellos. Pero realmente culparles está fuera de lugar: a los pobres diablos les tocó vivir en la era pre-científica y pre-racional, y como consecuencia necesitaron dar rienda suelta a su imaginación para darle sentido al universo.

De hecho, al pensar en ellos, muchos parecen tener sentimientos encontrados. Por un lado, como ya he dicho, no podemos evitar sentirnos desconcertados por muchas de las creencias de estos. ¿Cómo podían dar tamañas muestras de ingenuidad y credulidad? Pero por otro lado, los respetamos, porque sin ellos no habríamos podido llegar tan lejos: para llegar a las cumbres intelectuales contemporáneas ha sido necesario que previamente nuestros antepasados pusieran una gran multitud de piedras en los cimientos del Gran Edificio de la Humanidad.

A ojos de muchos “modernos”, parece que los seres humanos tenemos esa naturaleza dual: tenemos la capacidad seguir el camino correcto, el camino del conocimiento objetivo y basado en evidencias, pero las arcanas fuerzas de la ignorancia y la superstición siempre están al acecho, preparadas para tentarnos con sus superfluas atracciones y hacernos “involucionar”.

Bajo este punto de vista, la Historia de la Humanidad tiene la apariencia de una batalla librada durante milenios entre las fuerzas de la Razón y la Ciencia, por un lado, y las de la Ignorancia y la Superstición, por otro. Por suerte, nuestra naturaleza científica y racional, la que nos hace merecer el apelativo de “Sapiens”, parece irle ganando terreno al oscurantismo medieval con el paso del tiempo. Así, mientras las grandes figuras racionales y científicas de la Grecia antigua, como Sócrates o Arquímedes, estaban en minoría y difundían su mensaje a un público que en su mayor parte no quería escuchar, hoy día la concepción científica y racional del mundo goza de tremenda popularidad entre la masa de la población. Sin embargo, aunque en este sentido hayamos evolucionado, el peligro de “volver atrás” hacia el fanatismo, la superstición y la fe ciega siempre está presente y da frecuentes avisos (así fue interpretada por muchos la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, por poner el ejemplo más en boga). En cualquier momento nuestra evolución podría verse comprometida, hay que estar atentos y esforzarnos en seguir avanzando.

Si observamos la narrativa más en detalle, veremos que uno de los momentos clave en esta batalla milenaria entre las dos naturalezas de la humanidad ocurrió durante los primeros siglos de la Edad Moderna, con el acontecer de la Revolución Científica, con la llegada de la Edad de la Razón y con la Ilustración. Estos eventos marcaron un antes y un después en nuestra historia. A partir de ese momento, el combate de desniveló a favor de las fuerzas “positivas” de la razón, el progreso y el futuro. El ritmo de nuestra evolución se aceleró enormemente a nivel de conocimientos científicos, y como consecuencia, también a nivel tecnológico, a nivel económico e incluso a nivel de libertades y derechos individuales. Por fin podíamos ver con los ojos bien abiertos, ver cómo era el mundo, sin que los dogmas del pasado nos coartaran y nos cegaran. Por fin podíamos ser objetivos, ser científicos, y ver lo que siempre habíamos tenido delante de nosotros.

Durante esta etapa crucial, grandes figuras como Nicolás Copérnico, Johannes Kepler o Galileo Galilei demostraron que la Tierra no era el centro del universo (a pesar de las resistencias de la Iglesia, institución que encarnaba las fuerzas “negativas” del pasado, de la credulidad y de lo primitivo). Según nuestro modelo, esto suponía un duro correctivo de humildad para la humanidad, acostumbrada en ese entonces a creerse el niño mimado de Dios y a asumir que habitaba en el ombligo del universo. Al mismo tiempo, se abandonaba la idea absurda de que los planetas estuvieran vivos; no se movían a través del espacio porque les apeteciera, sino porque, como cuerpos inertes en el espacio que eran, tenían que obedecer las implacables leyes de la física. De la misma forma, aprendimos, gracias a Isaac Newton, que las cosas no caían al suelo porque estuvieran enamoradas de la Tierra, tal como habían creído los medievales; la responsable era la ley de la gravedad.

Siguiendo con la narración, con nuestros siempre mejorados telescopios podíamos observar cada vez más partes del universo, y mirásemos donde mirásemos, no encontrábamos a ningún dios ni a ningún otro ser imaginario. El universo se convirtió por fin a nuestros ojos en la inmensidad fría, vacía de vida y de significado que siempre había sido, pero que nunca habíamos querido ver. El universo, hemos descubierto, es como una máquina increíblemente compleja, regida por las leyes de la física y no por un ente superior, y constituida por ingentes cantidades de materia y energía que se mueven e interactúan entre sí de forma pasiva. Incluso podemos elucubrar teorías científicas plausibles sobre el origen del universo, sin necesidad de invocar a Creadores sobrenaturales.

De forma similar, nos hemos convencido de que los avances en biología y en neurociencia nos han despertado de uno de los delirios más comunes de la era pre-científica. Como ya hemos dicho antes, hasta no hace tanto tiempo, la gran mayoría de personas habían considerado que la materia y la consciencia eran sustancias esencialmente diferentes. En realidad, según fuimos descubriendo, la sustancia básica del universo es la materia. Ésta, en ciertas condiciones, puede organizarse en formas extremadamente complejas que llamamos seres vivos, dando origen a la vida y a la consciencia, cuya existencia depende irremediablemente de una base material y es una manifestación de ésta. De hecho, lo que llamamos consciencia no deja de ser una ilusión generada por dicha materia: nuestros cerebros vienen a ser algo parecido a máquinas que responden a impulsos químicos y eléctricos, y nos engañamos pensando que el producto de estos impulsos es algo esencialmente distinto al mundo de la materia.

De forma muy relacionada, otras ideas recurrentes de las sociedades pasadas, como la idea de alma o la de espíritu, han sido identificadas por nuestra sociedad como los mitos falsos que siempre habían sido. Por mucho que busquemos en el interior del cuerpo humano con nuestros siempre mejorados microscopios y por mucho que escrutemos la realidad con nuestros cada vez más numerosos y variados aparatos de medida, no podemos encontrar ni rastro del alma o del espíritu. Una vez aceptado todo esto, se hace evidente que no puede haber nada después de la muerte. No vamos a resucitar para asistir a ningún juicio, ni reencarnarnos, ni nada. Cuando morimos, es realmente el fin para nosotros; es risible la idea de que “el alma” (sea lo que sea eso) sobreviva después de la muerte de nuestros cuerpos, ya que al fin y al cabo nosotros somos nuestros cuerpos.

A la luz de todas estas verdades descubiertas por la Ciencia, sigue la historia, una parte enorme de la herencia cultural que hemos recibido de nuestros antepasados puede ser cómodamente desechada. ¿Qué sentido tiene la religión, por ejemplo, si el origen y la evolución de la vida y el universo se pueden explicar a partir de fenómenos puramente mecánicos, causales, sometidos a las leyes de la física? ¿Por qué inventarnos seres indemostrables para explicar cosas que potencialmente podríamos llegar a demostrar desde principios empíricos y racionales? En este terreno, lo único que queda es ir puliendo cada vez más nuestro conocimiento de las leyes que gobiernan el universo, hasta que llegue el brillante astrofísico que nos revelará los más recónditos secretos del cosmos con la teoría física definitiva. No hay ninguna necesidad de inventarse seres sobrenaturales para explicar lo desconocido.

Entonces, ¿qué le queda a la religión? Para algunos es una fuente de valores morales, pero eso es difícilmente aceptable para muchos, teniendo en cuenta la sangre que se ha derramado durante milenios en nombre de ésta, por no hablar de las monstruosidades narradas en algunos de los libros sagrados. De hecho, no sería aventurado decir que las personas se han vuelto menos violentas desde que han dejado de tratar a la religión con seriedad.

Muchos concluyen, pues, que a efectos prácticos la Ciencia y la Razón se han comido a la religión. Esta última constituye una reliquia del pasado, practicada por la gente sin educación. Y presumiblemente, poco a poco también estos últimos irán aceptando la superioridad de la Ciencia y la Razón, e irán abandonando algo tan anticuado como las creencias religiosas.

Las “grandes mentes” de nuestro tiempo identifican a otra víctima del desarrollo del conocimiento. No es sólo la religión: la Ciencia ha fagocitado también a la filosofía. La mayor parte de los asuntos que habían entretenido a los filósofos durante milenios son ahora explicados o desmentidos por los científicos con exactitud matemática, y la filosofía, estupefacta, no ha sabido reaccionar. Es como si de repente, después de siglos y siglos tocando a tientas las paredes de una habitación oscura, a alguien se le hubiese ocurrido encender la luz. Lo único que le queda a la filosofía son disquisiciones banales, juegos intelectuales abstractos sin ninguna relación con la realidad. Ante la llegada del método científico, y en comparación con éste, la filosofía ha demostrado profundas carencias a la hora de alcanzar la verdad. El recientemente fallecido Stephen Hawking lo resumía en las siguientes palabras al principio de su libro The Grand Design: “la filosofía ha muerto. La filosofía no se ha mantenido al corriente de los desarrollos modernos de la ciencia, en particular de la física. Los científicos se han convertido en los portadores de la antorcha del descubrimiento en nuestra búsqueda de conocimiento”.

En un cierto sentido, parece que a lo largo del tiempo vayamos descubriendo los auténticos campos del conocimiento, mientras vamos abandonando los antiguos (teología, filosofía, alquimia, etc.) al quedar estos últimos obsoletos y demostrársenos inútiles y/o falsos.

Según la concepción moderna del mundo, entonces, nuestro conocimiento a lo largo de la historia parece ir de falso a cierto, o de erróneo a correcto. Nuevos estudios desmienten o confirman los pasados, y las ideas de una época se ven “superadas” en la siguiente. Aunque nuestro conocimiento del mundo aún no sea perfecto, se nos hace evidente que a medida que pasa el tiempo nuestra representación del mundo se va acercando más y más a la realidad, y puede explicar más y más fenómenos de ésta. Nuestro modelo va mejorando y completándose, adaptándose cada vez mejor a la realidad.

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Lo anterior forma parte del “modelo moderno” de la realidad. Tal como hemos visto, uno de los principios centrales de este modelo es que se precia de ser objetivo, o al menos de volverse más objetivo conforme pasa el tiempo, y esto lo hace esencialmente diferente a los modelos de las culturas antiguas, tan llenos de errores flagrantes y “provincianos”. Pero todos los modelos que podamos concebir tienen que ser inevitablemente subjetivos. No podemos salir de ellos y observarlos, objetivamente, desde la distancia. Forman parte de “nuestra realidad”. Por lo tanto, cuando decimos que nuestra visión del mundo es mejor que las anteriores, lo hacemos desde una posición necesariamente subjetiva, desde nuestro propio “modelo moderno”. La imagen de la evolución humana como un camino desde la Superstición hasta la Razón forma parte de “nuestra realidad”, no de “la realidad en sí misma”. Claro que nuestro modelo es mejor; eso es lo que todos dicen.

Un proponente de la concepción moderna del mundo podrá contraargumentar el párrafo anterior, afirmando que hemos “superado” la subjetividad al desarrollar las herramientas objetivas de la Ciencia y la Razón. Es gracias a éstas, dirá, que pisamos terreno firme. Es gracias a éstas, dirá, que podemos afirmar con seguridad que nuestra representación del mundo es “más correcta” que las de las sociedades pasadas.

¿Tiene razón?

Vamos a explorar la respuesta a esta pregunta en el próximo artículo.

3 comentarios:

  1. Dario Ruarte,

    https://vignette.wikia.nocookie.net/disney/images/d/d2/Henry_Hugglemonster28.png/revision/latest?cb=20140406101655

    Kanbey,

    http://1.bp.blogspot.com/-utoqmlHcI2o/U0RqCSjNp2I/AAAAAAAAB5A/U2ALUQtDj-Q/s1600/Giorgio-Tsoukalos.jpg

    y se cierra el círculo de la trinidad con el ano Demóstenes:

    https://encrypted-tbn0.gstatic.com/images?q=tbn:ANd9GcSXwLNUvytQOyvNil3lXLw0baICZAk8VFfnLJLhIVnyOBpjiaL4

    El foro ahora sí tiene un "gran" nivel.

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    1. Dario y David me parecen buenos foreros, aunque no estemos de acuerdo en todo. Kanbei ya es otra cosa...

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  2. elmoscardóndeldario:

    El Dario Ruarte cada día es más lelo y además es muuuuy pesado. Y sobre todo es un adulador insufrible, y por si acaso, tenemos las definiciones de un diccionario:

    adulador, ra

    adj. y s. Que adula o prodiga alabanzas interesadas para conseguir el favor de una persona:

    frase aduladora; es un adulador que no deja de piropearte.

    Y la chorrada esa de "Bizancio y Somalia" es una gran tontería, entre muchas otras idioteces que suele decir.


    David ano Demóstenes:

    "Retórica": (en la segunda definición del diccionario) ampulosidad, grandilocuencia, pomposidad, rebuscamiento, alambicamiento.

    Aunque reconozco que es bonita esta imagen, te sirve para saber bien la diferencia entre el continente y el contenido.

    https://pbs.twimg.com/media/C5Ho3orXUAAIQCa.jpg


    Dentro del peakoil, al menos Kambei te sirve para reirte un rato.

    Un abrazo amigo Oriol.

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