sábado, 19 de mayo de 2018

El Gran Edificio de la Humanidad



En la primera entrada de este blog, hace un poco más de un año, hablé de las técnicas que usamos los seres humanos para darle sentido a un mundo irremediablemente demasiado complejo para nosotros. Tejemos narrativas, pequeñas historias coherentes consigo mismas, modelos simplificados de la realidad, suficientemente simples para poderlos abarcar con nuestra mente, y suficientemente atrayentes a nivel emocional como para que los aceptemos. Usamos estas narrativas para explicarnos el mundo en que vivimos.

En dicho primer artículo puse de ejemplos algunas narrativas bastante ambiciosas: la muerte de Jesús, el gran mito histórico del comunismo, y el New Deal de la era Roosevelt. Cada una de estas tres historias es un modelo o representación de la realidad creado por nosotros, que pretende explicar partes del universo relativamente grandes. Pero este proceso de adaptación y simplificación de la realidad ocurre a un nivel mucho más fundamental y en situaciones mucho más mundanas.

Sin ir más lejos, todo lo que experimentamos a lo largo de nuestras vidas (el ordenador que tienes delante, por ejemplo, o el ruido del teléfono) son representaciones o modelos mentales creados por nosotros mismos, a través de los cuales adaptamos a nuestras capacidades una realidad demasiado compleja para nosotros. Estas representaciones son inevitablemente subjetivas; tienen necesariamente nuestra propia impronta, y vienen a ser un reflejo de nosotros mismos. De aquí sale la idea, presente en varias tradiciones esotéricas, de que la realidad experimentada (el macrocosmos) es un reflejo de quien la experimenta (el microcosmos). Las representaciones de la realidad que se hagan una abeja melífera, una lombriz de tierra o un roble serán profundamente diferentes a las que nos hacemos nosotros, ¿pero quiénes somos para decir que las nuestras son correctas y las suyas erróneas? Incluso podemos argumentar que nuestras nociones de espacio y tiempo, que consideramos tan “obvias”, son necesariamente subjetivas; otros seres pueden experimentar éstos en formas diferentes, o incluso no experimentarlos en absoluto.

Todas las representaciones e imágenes que experimentamos no existen fuera de nosotros, o al menos no existen en las formas en que las percibimos. Son símbolos creados por nosotros mismos. Forman parte de nuestra realidad y están irremediablemente conectados a nosotros; no forman parte de la realidad en sí misma (o la “cosa en sí misma”, en la terminología de Immanuel Kant) de la cual poca cosa podemos saber, más allá de que, como cualquier físico cuántico puede atestiguar, es de una complejidad mareante.

Asimismo, cuando pasamos a construir narrativas verbalizadas como las del principio del artículo (valiéndonos para ello de representaciones más simples), nos alejamos aún más de la “realidad en sí misma” y nos adentramos más en el reino de lo simbólico. Cuanto más abstractos sean los conceptos que usamos más nos hundiremos en el océano de los símbolos.

Este matiz (la diferencia entre “nuestra realidad” y “la realidad en sí misma”), incluso en los casos en que es reconocido, es hoy día normalmente tratado como algo insignificante. En el imaginario colectivo viene a ser uno de aquellos detalles anecdóticos que solamente sirven para entretener a los filósofos en disquisiciones triviales. Aunque no experimentemos la realidad directamente, a efectos prácticos, es como si lo hiciéramos, y discutir sobre este tema es querer complicarse la vida innecesariamente.

Hubo un tiempo en que tendía a estar de acuerdo con esta visión más “pragmática” de las cosas. Hoy día, no obstante, ya no me es posible seguir pensando así. No es un detalle insignificante. Es un detalle que lo cambia todo.

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Como ya hemos dicho, modificamos y simplificamos la realidad para poder abordarla con nuestras modestas capacidades. Pero como pasa en todo proceso de simplificación, hay partes de la realidad que son rechazadas y quedan fuera del cuadro de “nuestra realidad”. Esto hace que nuestro cuadro de la realidad sea incompleto. Es más, debido al enorme desequilibrio que existe entre una realidad de una complejidad inabarcable y las capacidades profundamente limitadas de los seres humanos, la parte de la realidad que queda “fuera del cuadro” es inevitablemente mucho mayor que la que está dentro de él.

Podemos observar esta circunstancia en todas partes. Pensemos por ejemplo en las típicas tertulias políticas de radio o televisión, en que, aunque según el presentador “se cubren todos los puntos de vista”, en realidad todos los contertulios comparten de forma tácita mucho más que lo que les divide.

Quién no se ha encontrado nunca, por ejemplo, con el clásico debate sobre la energía, normalmente consistente en una discusión sobre cual o cuales fuentes de energía deberían alimentar a la economía industrial globalizada. No hace falta haber presenciado muchos debates del estilo para conocer perfectamente los argumentos que se van a exhibir: los proponentes de los combustibles fósiles acusarán a las energías renovables de no estar preparadas y de encarecer los precios de la electricidad, mientras que los proponentes de las energías renovables acusarán a los combustibles fósiles de ser la energía del pasado, de ser sucias y de causar el cambio climático. Todo ello vendrá aliñado por el tradicional ingeniero nuclear trasnochado que nos informará de lo bien que irían las cosas si los políticos dejaran de tomar decisiones estúpidas, pusieran menos trabas a la instalación de centrales nucleares y dieran más dinero para la investigación de este tipo de fuente de energía, barata y limpia al mismo tiempo. Se afrontará el debate básicamente como un asunto puramente técnico, y muchas de las dimensiones sociales y políticas del asunto raramente entrarán en el horizonte de los contertulios. Preguntas como, “¿para qué queremos toda esa energía?” estarán ausentes; no están en el modelo, en la representación de la realidad de los participantes en la conversación.

Algo similar podemos decir de los debates convencionales de economía política, en muchos de los cuales parece que la única cuestión a aclarar es qué grado de implicación deberían tener los estados y los gobiernos en la economía de un país, y qué grado debería dejarse al sector privado. Todas las posiciones concebibles pueden ubicarse en una línea recta cuyos extremos son, por un lado, una economía de corte soviético en la que no existe el sector privado y todo está en manos de los gobiernos (posición convencionalmente asociada con la izquierda política), y por otro, una economía sin ningún tipo de regulación que opera bajo la tutela de la mano invisible de Adam Smith (postura asociada con la derecha), y en que el estado como mucho sirve para proteger la propiedad privada y mantener la paz. En algún punto de estos dos extremos podríamos situar las socialdemocracias “keynesianas”, y con eso, se supone, ya tenemos cubiertos a grandes rasgos todos los puntos de vista imaginables. Fuera de la discusión, claro, quedan los dogmas compartidos por todos, como la bondad y la inevitabilidad del crecimiento, la mecanización y la producción en masa; tampoco se discutirá sobre formas alternativas de organización de la economía que no puedan entrar en este cuadro ideológico unidimensional.

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Tal como muestran los dos ejemplos anteriores, esta absoluta ceguera respecto a amplias capas de la realidad ocurre no sólo a nivel individual; ocurre en sociedades y culturas enteras. Un individuo tiene una idea de lo que es cierto o falso, de lo que vale la pena discutir y de lo que es absurdo, en un cuadro mental tejido por diferentes narrativas. A su vez, este cuadro mental será a grandes rasgos compartido por una gran mayoría de miembros de su entorno (si el individuo no es un excéntrico sin remedio). En una sociedad concreta, en que sus individuos están en contacto frecuente, y que no recibe apenas influencias del exterior, todos tenderán a representarse el mundo en formas muy similares. Compartirán mucho más que lo que les separa. Y esto puede ocurrir tanto en una tribu aislada en Nueva Guinea como en una sociedad globalizada (pues esta última también está aislada de influencias del – espacio – exterior).

A su vez, los modelos simplificados de la realidad en una sociedad concreta se van heredando de generación en generación, perpetuándose, muchas veces con cambios mínimos. Un niño pequeño aprende a discernir lo que es cierto y evidente de lo que es falso y absurdo porque sus mayores se lo enseñan. Es posible que durante su etapa de crecimiento pase por un período de rebeldía en que rechace los modelos de sus padres, pero incluso la forma de ese rechazo vendrá definida por el modelo que está rechazando (el “campo de juego” será básicamente el mismo; la diferencia es que él dirá “no” a lo que su entorno dice “sí”, pero estará inconscientemente de acuerdo con su entorno a la hora de identificar cuáles son los problemas y los conflictos que importan). Y cuando el niño llegue a adulto, lo más probable (en una cultura que no esté en crisis) es que acabe aceptando los postulados principales de la sociedad en la que vive.

Veamos por ejemplo un poco del cuadro del mundo que tenían los habitantes de la Europa medieval, el conjunto de representaciones con las que se explicaban el mundo: lo que C.S. Lewis llamó el “antiguo Modelo”. A sus ojos había cosas evidentes, cosas absurdas, problemas que importaban, preguntas que cabía hacerse, conocimientos que valía la pena tener, etc.

Los medievales tenían, por ejemplo, una idea clara de cómo era el universo “físico” (idea heredada de la civilización clásica greco-romana), con la Tierra (esférica) en el centro, rodeada por ‘siete esferas’ en las que estaban ubicados los ‘siete planetas’ (incluidos la Luna y el Sol). Más allá de la séptima esfera estaba el Stellatum, donde habitaban las estrellas fijas, y más allá de eso, una esfera llamada Primum Mobile, o Primer Móvil, responsable del movimiento de los demás cuerpos celestes. Ese era el fin del universo “material”. Más allá de eso no había espacio ni tiempo, sino simplemente, en palabras de Dante, “luz pura, luz intelectual, llena de amor”. Esa imagen del mundo, completamente diferente a la nuestra, despertaba en ellos sentimientos y sensibilidades muy diferentes a los que tenemos nosotros cuando miramos al espacio. Mientras nosotros miramos al cielo y quedamos sobrecogidos ante la infinita vastedad cósmica, con distancias inimaginables de espacio vacío, frío y silencioso, y con millones y millones de galaxias con millones y millones de estrellas cada una, ellos miraban al cielo y veían algo que, dentro de su inmensidad, era “abarcable”, con una forma concreta y ordenada. El universo medieval vendría a ser, en palabras de Lewis, algo así como un “gran edificio”, esencialmente diferente al espacio sin límites ni horizonte que vemos nosotros. Todas las partes de ese universo existían “en armonía” con el todo. No había silencio, frío ni oscuridad. Había música, calor y luz.

A diferencia de nosotros, los medievales veían la consciencia como algo esencialmente diferente e independiente de la materia, y no una manifestación de ésta. Por eso, la existencia del alma, hoy día rechazada, era una obviedad palmaria, algo de absoluto sentido común. Esta independencia de la consciencia respecto a la materia, asimismo, les permitía postular la existencia de una gran variedad de seres que no existían en el “plano material”, o sólo lo hacían en ciertas ocasiones concretas, estando su residencia habitual en planos menos corpóreos. Hablo no sólo de Dios, sino de las nueve clases de ángeles que actuaban como intermediarios entre éste y los humanos, o de las hadas, que habitualmente entraban en contacto con los humanos y cuyo origen y naturaleza eran objeto de discusión, así como muchas otras entidades (fantasmas, demonios, espíritus de todo tipo, etc.).

Podríamos seguir describiendo el “modelo medieval”, pero creo que la descripción ya ha cumplido su objetivo, que era mostrar lo ajeno que era ese mundo a nuestros ojos. Para un miembro educado de nuestra sociedad, casi todo lo anterior es absurdo hasta niveles extravagantes. Se trata de una muestra de los excepcionales niveles de estupidez a los que podemos llegar los seres humanos. Las representaciones que los medievales se hacían del mundo que habitaban eran obviamente “falsas”. Pero lo mismo podríamos decir de todas las culturas antiguas de las que tenemos constancia. Da igual donde vayamos, si a Egipto, a Babilonia, a China, a India o a la América pre-colombina. Todos tenían creencias evidentemente absurdas, y sus concepciones del mundo eran erróneas y profundamente incompletas. Podemos decirlo alto y claro, con la seguridad de que (casi) nadie va a protestar.

El problema viene cuando trasladamos el foco de atención de las sociedades pasadas a la cultura actual.

Y es que una de las cosas que diferencian a nuestra cultura de todas las demás que han existido en el pasado es, según nos repetimos con insistencia, que basamos nuestro conocimiento en evidencias empíricas en vez de en supersticiones y creencias sin fundamento. Después de todo, si sabemos que la concepción del mundo de los medievales es falsa es porque lo hemos demostrado científicamente. Y creo que ahora ha llegado el momento de empezar a indagar en el conjunto de representaciones por los que nuestra propia sociedad explica cómo es el mundo en que vivimos y cuál es nuestro lugar en él. Dicho en otras palabras, vamos a comenzar a explorar el “modelo moderno” de la realidad.

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Según el “modelo moderno” de la realidad, a través de la Ciencia y la Razón los seres humanos hemos conseguido ir acumulando conocimientos verdaderos de nosotros mismos y del mundo que nos rodea, basados en hechos constatados y cuantificados. Así, a medida que nuestro saber va aumentando, las dudas se van despejando en nuestro horizonte y podemos verlo todo con más claridad. Cosas antaño desconocidas se vuelven evidentes, o evidentemente falsas, y el reino de lo desconocido se va empequeñeciendo con cada año y cada década que pasa ante el rodillo imparable del saber humano. Modelos anticuados como el medieval son desechados por sus obvios errores. La luz de nuestro conocimiento va iluminando cada vez más partes del mundo en el que vivimos, y la oscuridad está en retirada.

No es sino desde la altura intelectual que hemos alcanzado que podemos observar los limitados conocimientos de nuestros predecesores y sus estrafalarias creencias. Podemos estudiar de forma científica el comportamiento y las creencias de los humanos de épocas pasadas, como si de ratas de laboratorio se trataran. Sorprendidos por lo que parecen evidentes muestras de locura de nuestros antepasados (pensemos, sólo para empezar, en los dioses, los santos, los milagros, los espíritus, la magia, la astrología o la alquimia), nos vemos en la necesidad de desarrollar hipótesis antropológicas, sociológicas y psicológicas (véase por ejemplo La Rama Dorada de James Frazer, o Religion Explained, de Pascal Boyer) que expliquen los orígenes de delirios tan incomprensibles como las creencias religiosas. Podemos establecer jerarquías entre las sociedades del pasado, clasificándolas según su “nivel de evolución” (sociedades tribales, civilizaciones neolíticas, de la edad de bronce, de la edad de hierro, etc., hasta llegar a nuestra sociedad).

Para muchos miembros de nuestra civilización es grande la tentación de considerar a nuestros antepasados tremendamente estúpidos por creer en cosas que hoy día parecen ridículas hasta para un niño pequeño. Incluso podemos sentir un poco de vergüenza por pertenecer a la misma especie que ellos. Pero realmente culparles está fuera de lugar: a los pobres diablos les tocó vivir en la era pre-científica y pre-racional, y como consecuencia necesitaron dar rienda suelta a su imaginación para darle sentido al universo.

De hecho, al pensar en ellos, muchos parecen tener sentimientos encontrados. Por un lado, como ya he dicho, no podemos evitar sentirnos desconcertados por muchas de las creencias de estos. ¿Cómo podían dar tamañas muestras de ingenuidad y credulidad? Pero por otro lado, los respetamos, porque sin ellos no habríamos podido llegar tan lejos: para llegar a las cumbres intelectuales contemporáneas ha sido necesario que previamente nuestros antepasados pusieran una gran multitud de piedras en los cimientos del Gran Edificio de la Humanidad.

A ojos de muchos “modernos”, parece que los seres humanos tenemos esa naturaleza dual: tenemos la capacidad seguir el camino correcto, el camino del conocimiento objetivo y basado en evidencias, pero las arcanas fuerzas de la ignorancia y la superstición siempre están al acecho, preparadas para tentarnos con sus superfluas atracciones y hacernos “involucionar”.

Bajo este punto de vista, la Historia de la Humanidad tiene la apariencia de una batalla librada durante milenios entre las fuerzas de la Razón y la Ciencia, por un lado, y las de la Ignorancia y la Superstición, por otro. Por suerte, nuestra naturaleza científica y racional, la que nos hace merecer el apelativo de “Sapiens”, parece irle ganando terreno al oscurantismo medieval con el paso del tiempo. Así, mientras las grandes figuras racionales y científicas de la Grecia antigua, como Sócrates o Arquímedes, estaban en minoría y difundían su mensaje a un público que en su mayor parte no quería escuchar, hoy día la concepción científica y racional del mundo goza de tremenda popularidad entre la masa de la población. Sin embargo, aunque en este sentido hayamos evolucionado, el peligro de “volver atrás” hacia el fanatismo, la superstición y la fe ciega siempre está presente y da frecuentes avisos (así fue interpretada por muchos la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, por poner el ejemplo más en boga). En cualquier momento nuestra evolución podría verse comprometida, hay que estar atentos y esforzarnos en seguir avanzando.

Si observamos la narrativa más en detalle, veremos que uno de los momentos clave en esta batalla milenaria entre las dos naturalezas de la humanidad ocurrió durante los primeros siglos de la Edad Moderna, con el acontecer de la Revolución Científica, con la llegada de la Edad de la Razón y con la Ilustración. Estos eventos marcaron un antes y un después en nuestra historia. A partir de ese momento, el combate de desniveló a favor de las fuerzas “positivas” de la razón, el progreso y el futuro. El ritmo de nuestra evolución se aceleró enormemente a nivel de conocimientos científicos, y como consecuencia, también a nivel tecnológico, a nivel económico e incluso a nivel de libertades y derechos individuales. Por fin podíamos ver con los ojos bien abiertos, ver cómo era el mundo, sin que los dogmas del pasado nos coartaran y nos cegaran. Por fin podíamos ser objetivos, ser científicos, y ver lo que siempre habíamos tenido delante de nosotros.

Durante esta etapa crucial, grandes figuras como Nicolás Copérnico, Johannes Kepler o Galileo Galilei demostraron que la Tierra no era el centro del universo (a pesar de las resistencias de la Iglesia, institución que encarnaba las fuerzas “negativas” del pasado, de la credulidad y de lo primitivo). Según nuestro modelo, esto suponía un duro correctivo de humildad para la humanidad, acostumbrada en ese entonces a creerse el niño mimado de Dios y a asumir que habitaba en el ombligo del universo. Al mismo tiempo, se abandonaba la idea absurda de que los planetas estuvieran vivos; no se movían a través del espacio porque les apeteciera, sino porque, como cuerpos inertes en el espacio que eran, tenían que obedecer las implacables leyes de la física. De la misma forma, aprendimos, gracias a Isaac Newton, que las cosas no caían al suelo porque estuvieran enamoradas de la Tierra, tal como habían creído los medievales; la responsable era la ley de la gravedad.

Siguiendo con la narración, con nuestros siempre mejorados telescopios podíamos observar cada vez más partes del universo, y mirásemos donde mirásemos, no encontrábamos a ningún dios ni a ningún otro ser imaginario. El universo se convirtió por fin a nuestros ojos en la inmensidad fría, vacía de vida y de significado que siempre había sido, pero que nunca habíamos querido ver. El universo, hemos descubierto, es como una máquina increíblemente compleja, regida por las leyes de la física y no por un ente superior, y constituida por ingentes cantidades de materia y energía que se mueven e interactúan entre sí de forma pasiva. Incluso podemos elucubrar teorías científicas plausibles sobre el origen del universo, sin necesidad de invocar a Creadores sobrenaturales.

De forma similar, nos hemos convencido de que los avances en biología y en neurociencia nos han despertado de uno de los delirios más comunes de la era pre-científica. Como ya hemos dicho antes, hasta no hace tanto tiempo, la gran mayoría de personas habían considerado que la materia y la consciencia eran sustancias esencialmente diferentes. En realidad, según fuimos descubriendo, la sustancia básica del universo es la materia. Ésta, en ciertas condiciones, puede organizarse en formas extremadamente complejas que llamamos seres vivos, dando origen a la vida y a la consciencia, cuya existencia depende irremediablemente de una base material y es una manifestación de ésta. De hecho, lo que llamamos consciencia no deja de ser una ilusión generada por dicha materia: nuestros cerebros vienen a ser algo parecido a máquinas que responden a impulsos químicos y eléctricos, y nos engañamos pensando que el producto de estos impulsos es algo esencialmente distinto al mundo de la materia.

De forma muy relacionada, otras ideas recurrentes de las sociedades pasadas, como la idea de alma o la de espíritu, han sido identificadas por nuestra sociedad como los mitos falsos que siempre habían sido. Por mucho que busquemos en el interior del cuerpo humano con nuestros siempre mejorados microscopios y por mucho que escrutemos la realidad con nuestros cada vez más numerosos y variados aparatos de medida, no podemos encontrar ni rastro del alma o del espíritu. Una vez aceptado todo esto, se hace evidente que no puede haber nada después de la muerte. No vamos a resucitar para asistir a ningún juicio, ni reencarnarnos, ni nada. Cuando morimos, es realmente el fin para nosotros; es risible la idea de que “el alma” (sea lo que sea eso) sobreviva después de la muerte de nuestros cuerpos, ya que al fin y al cabo nosotros somos nuestros cuerpos.

A la luz de todas estas verdades descubiertas por la Ciencia, sigue la historia, una parte enorme de la herencia cultural que hemos recibido de nuestros antepasados puede ser cómodamente desechada. ¿Qué sentido tiene la religión, por ejemplo, si el origen y la evolución de la vida y el universo se pueden explicar a partir de fenómenos puramente mecánicos, causales, sometidos a las leyes de la física? ¿Por qué inventarnos seres indemostrables para explicar cosas que potencialmente podríamos llegar a demostrar desde principios empíricos y racionales? En este terreno, lo único que queda es ir puliendo cada vez más nuestro conocimiento de las leyes que gobiernan el universo, hasta que llegue el brillante astrofísico que nos revelará los más recónditos secretos del cosmos con la teoría física definitiva. No hay ninguna necesidad de inventarse seres sobrenaturales para explicar lo desconocido.

Entonces, ¿qué le queda a la religión? Para algunos es una fuente de valores morales, pero eso es difícilmente aceptable para muchos, teniendo en cuenta la sangre que se ha derramado durante milenios en nombre de ésta, por no hablar de las monstruosidades narradas en algunos de los libros sagrados. De hecho, no sería aventurado decir que las personas se han vuelto menos violentas desde que han dejado de tratar a la religión con seriedad.

Muchos concluyen, pues, que a efectos prácticos la Ciencia y la Razón se han comido a la religión. Esta última constituye una reliquia del pasado, practicada por la gente sin educación. Y presumiblemente, poco a poco también estos últimos irán aceptando la superioridad de la Ciencia y la Razón, e irán abandonando algo tan anticuado como las creencias religiosas.

Las “grandes mentes” de nuestro tiempo identifican a otra víctima del desarrollo del conocimiento. No es sólo la religión: la Ciencia ha fagocitado también a la filosofía. La mayor parte de los asuntos que habían entretenido a los filósofos durante milenios son ahora explicados o desmentidos por los científicos con exactitud matemática, y la filosofía, estupefacta, no ha sabido reaccionar. Es como si de repente, después de siglos y siglos tocando a tientas las paredes de una habitación oscura, a alguien se le hubiese ocurrido encender la luz. Lo único que le queda a la filosofía son disquisiciones banales, juegos intelectuales abstractos sin ninguna relación con la realidad. Ante la llegada del método científico, y en comparación con éste, la filosofía ha demostrado profundas carencias a la hora de alcanzar la verdad. El recientemente fallecido Stephen Hawking lo resumía en las siguientes palabras al principio de su libro The Grand Design: “la filosofía ha muerto. La filosofía no se ha mantenido al corriente de los desarrollos modernos de la ciencia, en particular de la física. Los científicos se han convertido en los portadores de la antorcha del descubrimiento en nuestra búsqueda de conocimiento”.

En un cierto sentido, parece que a lo largo del tiempo vayamos descubriendo los auténticos campos del conocimiento, mientras vamos abandonando los antiguos (teología, filosofía, alquimia, etc.) al quedar estos últimos obsoletos y demostrársenos inútiles y/o falsos.

Según la concepción moderna del mundo, entonces, nuestro conocimiento a lo largo de la historia parece ir de falso a cierto, o de erróneo a correcto. Nuevos estudios desmienten o confirman los pasados, y las ideas de una época se ven “superadas” en la siguiente. Aunque nuestro conocimiento del mundo aún no sea perfecto, se nos hace evidente que a medida que pasa el tiempo nuestra representación del mundo se va acercando más y más a la realidad, y puede explicar más y más fenómenos de ésta. Nuestro modelo va mejorando y completándose, adaptándose cada vez mejor a la realidad.

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Lo anterior forma parte del “modelo moderno” de la realidad. Tal como hemos visto, uno de los principios centrales de este modelo es que se precia de ser objetivo, o al menos de volverse más objetivo conforme pasa el tiempo, y esto lo hace esencialmente diferente a los modelos de las culturas antiguas, tan llenos de errores flagrantes y “provincianos”. Pero todos los modelos que podamos concebir tienen que ser inevitablemente subjetivos. No podemos salir de ellos y observarlos, objetivamente, desde la distancia. Forman parte de “nuestra realidad”. Por lo tanto, cuando decimos que nuestra visión del mundo es mejor que las anteriores, lo hacemos desde una posición necesariamente subjetiva, desde nuestro propio “modelo moderno”. La imagen de la evolución humana como un camino desde la Superstición hasta la Razón forma parte de “nuestra realidad”, no de “la realidad en sí misma”. Claro que nuestro modelo es mejor; eso es lo que todos dicen.

Un proponente de la concepción moderna del mundo podrá contraargumentar el párrafo anterior, afirmando que hemos “superado” la subjetividad al desarrollar las herramientas objetivas de la Ciencia y la Razón. Es gracias a éstas, dirá, que pisamos terreno firme. Es gracias a éstas, dirá, que podemos afirmar con seguridad que nuestra representación del mundo es “más correcta” que las de las sociedades pasadas.

¿Tiene razón?

Vamos a explorar la respuesta a esta pregunta en el próximo artículo.

sábado, 3 de febrero de 2018

Esperando a nuestro César


A veces es útil volver la vista atrás y repasar el camino que llevamos recorrido, para ver exactamente dónde estamos. La entrada de hoy pone punto y final a una serie de artículos que empezó hace unos meses con “Años de furia”, en el que hablé de la creciente desafección que siente la población occidental respecto a los sistemas políticos de sus respectivos países, una desafección que ha generado y alimentado fenómenos como Donald Trump, el Brexit o el procés catalán. En ese entonces argumenté, en base a precedentes históricos y a datos actuales, que una de las causas principales de esa desafección la teníamos que encontrar en el deterioro económico que gran parte de la población ha experimentado en las últimas décadas (al menos desde 2007 pero en muchas regiones y sectores desde bastante antes), y en el contraste entre ese deterioro y las expectativas de progreso con las que esa población ha crecido y ha sido educada.

¿Quién había secuestrado la prosperidad? ¿Por qué las nuevas generaciones no eran más ricas que las anteriores, tal como se suponía que debía ser? Y lo que es más importante aún, ¿se trataba de una avería pasajera y los “viejos buenos tiempos” estaban a la vuelta de la esquina, o algo se había roto definitivamente en la senda virtuosa del progreso económico? Y si era así, ¿qué se había roto?

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En primer lugar, el progreso económico no puede continuar al ritmo endiablado de otras épocas, bajo mi punto de vista, porque el progreso científico y tecnológico ha entrado desde hace bastante tiempo en la zona de los rendimientos decrecientes: cada vez se emplea más y más esfuerzo en desarrollar nuevas tecnologías, nuevos procesos, obtener nuevos conocimientos, etc. pero cada vez se obtiene menos y menos recompensa. Los nuevos conocimientos y tecnologías cada vez solucionan menos cosas, por mucho que los recursos destinados a ello sean cada vez mayores, y lo que es peor, las nuevas tecnologías acostumbran a crear problemas adicionales.

En “Sin vacaciones en la Luna” introduje varios ejemplos de este fenómeno, como el contraste entre los revolucionarios descubrimientos de Isaac Newton o Benjamin Franklin (alcanzados mediante experimentos realizados utilizando recursos relativamente modestos y materiales comunes), y la millonada que se destina anualmente a proyectos como los sincrotrones o el ITER.

También puse el contraste entre las edades de oro de la medicina de los siglos pasados (cuando acciones modestas, como una mejora en la higiene o el desarrollo de una vacuna tenían un impacto enorme en la esperanza de vida de la población), y la complejidad de los nuevos tratamientos que se están desarrollando para mejorar un poco el porcentaje de supervivencia de los diferentes tipos de cáncer. Naturalmente, las batallas más sencillas se ganaron primero, y sólo quedó lo más complicado y lo imposible.

Estos rendimientos decrecientes explican en gran parte que los sueños de mediados del siglo pasado (colonias extraterrestres, ciudades submarinas, coches voladores, viajes en el tiempo, etc.) no se hayan cumplido. Aún siguen encontrándose vetas especialmente ricas cada cierto tiempo (p.ej.: internet), pero la tendencia general es de ralentización.

El progreso científico y tecnológico, por lo tanto, no es la imparable fuerza de la naturaleza que avanza como un rodillo llevándoselo todo a su paso, cada vez más acelerado, que tanta gente imagina; al contrario, se puede argumentar, tanto desde el sentido común como a partir de la historia reciente, que ese progreso está sometido a varias limitaciones, como los límites mismos de la inteligencia humana o el hecho de que cuanto más sabemos, más inaccesible nos es lo que nos queda por saber.

¿Y qué tiene que ver todo esto con nuestra situación económica? Tiene que ver que los avances científicos y tecnológicos han sido uno de los causantes principales del progreso económico de los últimos siglos, causantes de que en la actualidad dispongamos de una riqueza material sin precedentes. El fenómeno de los rendimientos decrecientes, por lo tanto, explica en parte las bajas tasas de crecimiento económico de las últimas décadas, y pone una seria limitación al progreso económico presente y futuro. Impone una importante restricción a lo que podemos esperar que nos traiga el futuro.

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Otro de los motivos de que se haya roto la regla de “cada generación es más rica que la anterior” la debemos encontrar en la relación francamente enfermiza que mantenemos con la biosfera de la que formamos parte. Una gran parte de la prosperidad de los últimos siglos dependió de tratar el planeta Tierra simultáneamente como una fuente inagotable de recursos y como un basurero municipal, tal como describí en “Creando riqueza”. Y claro, eso no podía continuar de forma indefinida, porque las sociedades humanas dependen y forman parte del entorno en el que viven, y tarde o temprano tenía que haber repercusiones (hay límites tanto a la cantidad de recursos que el planeta puede proveernos como a la cantidad de contaminación que éste puede absorber). Como resultado de eso, en las últimas décadas se han empezado a manifestar las inevitables consecuencias de esa estrategia, y los límites del crecimiento han aparecido intimidantes en los horizontes de nuestra civilización.

Esas consecuencias y esos límites se están manifestando de varias formas (extinción masiva de especies, erosión del suelo, cambio climático, etc.), y todo ello está teniendo y va a tener cada vez más impacto en nuestro bienestar y en nuestro “progreso económico”. Esto pone un límite adicional a lo que podemos esperar del futuro. Sin embargo, de todos esos problemas, quizá el que más directamente nos ha afectado en las recientes décadas y promete hacerlo todavía más en las siguientes es el problema de la energía.

Nuestra economía global está alimentada básicamente por fuentes de energía altamente concentrada en forma de combustibles fósiles (petróleo, gas natural, carbón), recursos que, aparte de sus serios efectos secundarios (emisiones de gases de efecto invernadero, lluvia ácida, etc.) tienen el problema de no ser renovables, por lo que, cuanto más extraemos del subsuelo más cerca estamos de agotarlos.

Así, se estima que a lo largo de la primera parte del siglo XXI estas tres fuentes de energía llegarán a un máximo de producción y empezarán su declive (traté el tema energético de forma más extensa en el artículo “Las cadenas de Prometeo”). De esas tres, la fuente más importante (por su cantidad consumida y por sus adecuadas características), el petróleo, ha llegado a una fase crítica, en la que la escasez de suficientes pozos fácilmente accesibles y concentrados para cubrir el sediento apetito de la economía global ha llevado a una alta volatilidad en el precio y ha conducido a la explotación de recursos cada vez más pobres y desperdigados, como las arenas asfálticas de Canadá o el light tight oil estadounidense, explotado por la famosa técnica de fracking.

No es un problema hipotético. No es una cuestión de “qué haremos cuando se acabe el petróleo”. El progresivo agotamiento del petróleo lleva décadas afectando a las economías occidentales, grandes consumidoras de este producto. En este sentido, las últimas décadas han proporcionado mucho material para el estudio del impacto que tiene el petróleo en la economía. Por un lado, las subidas de precios del petróleo “casualmente” acostumbran a coincidir en el tiempo con el inicio de las recesiones económicas, tanto si la subida se debe principalmente a factores geopolíticos (boicot de los productores árabes en 1973, revolución iraní en 1979, primera guerra del golfo en 1990, etc.) o a aumentos de la demanda que la oferta no puede cubrir (pico de precios de 2008). Es algo ampliamente aceptado que las economías de los países importadores sufren enormemente si los precios son demasiado elevados (y la bajada en el precio en 2014 probablemente sea uno de los motivos principales de la modesta “recuperación” de los últimos años en Europa y en Estados Unidos). Todo esto supone unos precedentes preocupantes para el futuro próximo, que muy probablemente estará marcado por la continuación de la volatilidad actual en los precios debida a la escasez, y por lo tanto, de nuevas recesiones y crisis económicas.

De hecho, todo indica que hemos llegado a un momento en que no hay ningún precio del petróleo que vaya bien a todo el mundo. Como ya hemos visto, los países importadores no pueden aguantar los precios demasiado elevados; pero si los precios son demasiado bajos, quienes sufren son los países exportadores (p.ej.: Rusia, Arabia Saudí, Venezuela, etc.), que no pueden cuadrar sus presupuestos, y las principales empresas productoras, que como consecuencia deciden dejar de invertir en nuevos proyectos para minimizar sus pérdidas, o bien se sumergen en crecientes deudas.

(Por todo esto es improductivo centrar toda la atención en la fecha exacta del pico del petróleo, y esperar que ocurra algún tipo de catástrofe en esa fecha. Realmente no importa demasiado si el peak oil ocurrió en 2005, si está ocurriendo ahora mismo o si lo hará dentro de 10 años. Este tipo de conversación es dañina para la credibilidad del movimiento, de la misma forma que el pastor perjudicaba su credibilidad anunciando la llegada del lobo. Cuando las predicciones no fundamentadas que anuncian el aumento súbito del precio del petróleo o una gran crisis económica dentro de unos meses no se materializan, se está dando munición a la gente que quiere pretender que esta es una cuestión sin importancia. La fecha exacta no es tan importante. Lo que importa es que los síntomas y las consecuencias del agotamiento del petróleo se han dejado sentir por un buen tiempo, y que todo apunta que la situación irá a peor con el paso del tiempo.)

Es común pensar que todo esto es irrelevante porque el progreso científico y tecnológico siempre va un paso por delante, solucionando los problemas a medida que aparecen. Ciertamente la proximidad de los límites del crecimiento ha generado un creciente interés por la eficiencia energética, por la reducción del impacto ambiental de nuestras actividades y por buscar alternativas a la energía fósil, pero el alcance de estas actuaciones también está limitado (como todos los avances científicos y tecnológicos) por la ley de los rendimientos decrecientes (hay límites a cuán eficientes nos podemos volver, incluso si no tenemos en cuenta el lado oscuro de la eficiencia: la falta de resiliencia).

Sin ir más lejos, la transición hacia una economía alimentada con energías renovables debe superar varios obstáculos que, por mucho que algunos traten de menospreciarlos, son bien reales y no deberíamos ignorarlos (la dependencia de una capacidad productiva colosal posibilitada por la economía fósil, la poca fiabilidad de las fuentes renovables, los problemas de electrificación de la economía, etc.). La capacidad de estas energías por tomar el relevo de la energía fósil a gran escala aún está por demostrar, mientras que las consecuencias del agotamiento de la energía fósil ya se están sintiendo hoy día.

De la misma forma, ha habido mucha cháchara en los últimos tiempos sobre el pico de la demanda de petróleo, que “curiosamente” se manifiesta más o menos al mismo tiempo en que lo hace el pico de la oferta de petróleo (según esta narrativa, no es que no podamos extraer más petróleo del subsuelo, es que debido a cambios culturales, o a la eficiencia, o a la lucha contra el cambio climático, o a que nos hemos vuelto muy buenos al hacer las cosas, ya no lo necesitamos en tan grandes cantidades). Pero hay tanta inelasticidad en el mercado del petróleo (grandes cambios en el nivel de precios provocan cambios muy modestos en la cantidad producida, síntoma de escasez de esta sustancia) que ésta no es una explicación creíble (consideremos también los ya nombrados recursos no convencionales explotados en Estados Unidos y Canadá; si realmente estuviésemos ante un pico de la demanda, estos recursos no estarían siendo explotados en absoluto).

Esta situación crítica del petróleo, a la que probablemente llegará su presumible sustituto, el gas natural, en las próximas décadas, pone un escollo importante a lo que podemos esperar del futuro. Y esta circunstancia no es más que uno de los primeros límites del crecimiento con los que nos estamos encontrando, siendo otro los ya presentes efectos del cambio climático. Pretender solucionar todos estos problemas y vencer todas estas limitaciones mediante nuevas rondas de innovación y tecnología me parece de lo más ingenuo, algo como tratar los síntomas en vez de la enfermedad; no son problemas desconectados entre ellos, tienen el mismo origen, es decir, nuestra relación enfermiza con el entorno. La proximidad de los límites del crecimiento, por lo tanto, hace muy improbable el retorno de las grandes épocas de expansión económica.

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Pero el factor adicional que pone la puntilla a las expectativas de progreso económico futuro en Occidente es el declive relativo de los países occidentales respecto al resto del mundo, esbozada en la anterior entrada de este blog. Así como la prosperidad de Europa y de su diáspora en los últimos siglos dependió de los avances científicos y tecnológicos y de la implacable explotación de la naturaleza, también dependió de los intercambios desiguales con el resto del mundo, posibilitadas por la superioridad militar, política y/o económica. Gracias a estos intercambios desiguales, los países occidentales podían disfrutar de una parte desproporcionada de la riqueza producida a nivel mundial, no acorde con sus niveles demográficos. Esta superioridad, no obstante, no tenía por qué durar para siempre; no había ninguna ley divina que hiciera a Occidente superior a otras regiones, ninguna piedra filosofal bien escondida en Londres, París, Berlín y Nueva York que les garantizara la hegemonía por los siglos de los siglos. No había nada que impidiera a las demás regiones del planeta utilizar las herramientas y métodos occidentales para su propio beneficio y para acabar con la supremacía occidental, si se daban las circunstancias adecuadas.

De esta forma, desde por lo menos el inicio de la Primera Guerra Mundial en 1914, Occidente se encuentra en un proceso de declive en su poder político, económico y militar respecto al resto del mundo. Este declive no es lineal, y se ha ido alternando con épocas de relativa recuperación, pero la tendencia a largo plazo es difícil de negar.

Tampoco conviene exagerar lo lejos que ha llegado este proceso. Los que vivimos en Europa occidental y en Estados Unidos seguimos disfrutando de un nivel de vida y unas comodidades muy superiores a las de casi todo el resto del globo. Occidente sigue gozando de bastantes privilegios como herencia de su dominio pasado. Sigue disponiendo de algunas cartas importantes a su favor, como un sistema financiero global que juega a su favor o la aureola de invencibilidad que rodea al Ejército de Estados Unidos. Pero estos últimos reductos son muy frágiles, vulnerables a un derrumbe súbito, y se están poniendo cada vez más en entredicho. Más allá de eso, año tras año el peso de Occidente en la economía mundial (aún bastante grande) se va reduciendo, así como su producción y su consumo de bienes y servicios respecto al resto del mundo. Además, al no ser rico en recursos naturales (incluso el antaño extremadamente rico Estados Unidos se ha empobrecido enormemente en este sentido, como resultado natural del así llamado progreso económico), Occidente depende cada vez más del resto del mundo y de los intercambios desiguales que aún mantiene con éste, añadiendo un factor adicional de incertidumbre al edificio entero, e impulsando incluso a la mojigata Europa a participar en guerras para asegurarse el suministro de recursos (véase por ejemplo “El canto del gallo”).

De hecho, aunque a nivel global aún no se haya llegado a los límites del crecimiento (estamos cerca, pero a juzgar por una gran cantidad de parámetros – producción agrícola, consumo de energía primaria, extracción de materias primas, etc. – aún no hemos llegado), a efectos prácticos Occidente probablemente ya haya llegado a dichos límites, con unas economías que, si nos fijamos en parámetros menos abstractos de los acostumbrados, dan muestras de estancamiento o de declive, por lo menos respecto a 2007, cuando no respecto a fechas anteriores.
                                                                              
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La respuesta de las autoridades políticas, así como de la sociedad en general, a estas tendencias a largo plazo (la ralentización del progreso científico y tecnológico, la proximidad de los límites del crecimiento y el declive relativo de Occidente) fue tratar de ignorarlas y mantener la “normalidad” a toda costa.

Durante largo tiempo nuestra cultura ha confundido fenómenos y perturbaciones temporales con realidades permanentes. Cuando estos fenómenos temporales dejan de seguir la línea recta que les es supuesta, la gente busca en los lugares más recónditos para intentar comprender lo que está pasando, con ayuda de las más variadas explicaciones ad hoc, porque no pueden imaginar que las realidades supuestamente permanentes no consigan continuar su camino preestablecido. Este es uno de los motivos principales, me parece a mí, de que las causas profundas del deterioro económico de las últimas décadas no hayan llegado nunca a ser puestas sobre la mesa, y que las respuestas a ese deterioro hayan tendido a empeorar la situación.

De este modo, cuando la proximidad de los límites del crecimiento y el declive occidental se manifestaron en las crisis del petróleo de los años 70, acabando con la Edad Dorada posterior a la Segunda Guerra Mundial que describimos en “Sueños de una primavera sin fin”, la respuesta no fue aceptar esa nueva realidad, si no hacer todo lo posible por ignorarla. Así, se culpó al “consenso keynesiano” de posguerra como causante del fin de la prosperidad, al ser irremediablemente ineficiente y poco competitivo. El resultado fue un retorno parcial al capitalismo sin restricciones imperante en el mundo previo a 1929 (desregularizaciones, privatizaciones, flexibilizaciones del mercado laboral, impulso globalizador, etc.), acompañado del retorno de los problemas históricamente asociados a estas políticas (creciente poder y riqueza de los más privilegiados y de las grandes empresas, incremento de las desigualdades sociales, multiplicación de burbujas especulativas, etc.).

Intentando mantener la “normalidad” a cualquier precio, las autoridades también optaron por facilitar la emigración de las empresas occidentales hasta países donde fuera más barato producir (salarios más bajos, monedas devaluadas, menos regulaciones ambientales y de salud, etc.), lo que permitió mantener el suministro de bienes y servicios a Occidente a precios reducidos. No obstante, esta emigración de empresas acabó constituyendo un arma de doble filo. Eliminó puestos de trabajo en los países occidentales (lo que disminuiría los ingresos potenciales de la población que en teoría tenía que adquirir esos bienes y servicios) y ayudó a desmantelar la economía productiva de esos países, agravando la decadencia económica de Occidente respecto al resto del mundo de la que hablamos en el anterior artículo, e incrementando aún más la dependencia de las sociedades occidentales respecto a otras regiones.

(Por otro lado, teniendo en cuenta que todas estas políticas favorecen a las clases más acomodadas a costa de los más desfavorecidos, es probable que este “giro neoliberal” se tratara más que nada de un intento de las primeras por hacer pagar a los segundos los costes de la “nueva normalidad”).

La insistencia de las autoridades por ignorar las tendencias a largo plazo que están dando forma a nuestro futuro puede verse de forma muy clara en cualquier discusión convencional sobre el estado de la economía. Cuando se discuten los problemas de la economía, nunca se hablará de los límites del crecimiento, de la ralentización del progreso tecnológico, o de la decadencia de Occidente. La salida de la crisis siempre pasará por volvernos más competitivos, innovar y modernizarnos. Pasará por “abrir el grifo del crédito” aun cuando no haya nada en lo que invertir más allá de la especulación, lo que se traducirá en unos desequilibrios crecientes entre una economía real estancada (en puestos de trabajo, en salarios, en disponibilidad de energía y recursos, etc.) y un sistema financiero diseñado para el crecimiento económico. Las distorsiones generadas por este fenómeno han impactado de formas muy evidentes a la economía real (dando un mayor poder a las instituciones financieras, aumentando de forma indecente los precios de la vivienda, gestando una gran cantidad de burbujas especulativas que hacen avanzar a la economía de forma artificial, etc.). Además, estos desequilibrios añaden nuevas capas de volatilidad a un cóctel ya de por sí bastante explosivo como es la economía global en su forma actual.

Sin embargo, los países occidentales necesitan mantener el sistema financiero en su forma actual, pues como ya hemos apuntado, se trata de uno de los últimos reductos de la hegemonía occidental, una de las herramientas que nos permiten a los que vivimos en Europa occidental o en algunas de sus excolonias más exitosas consumir bastantes más bienes y servicios de los que producimos.

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Todas estas tendencias determinan qué se puede esperar (y sobretodo qué no se puede esperar) del futuro. Son tendencias muy generales, por lo que establecer horizontes temporales concretos para el advenimiento de uno u otro suceso es inútil y puede llevar fácilmente al descrédito. Quizá no podamos asegurar qué va a ocurrir en el futuro, pero sí podemos decir qué no va a ocurrir: los viejos buenos tiempos de grandes expansiones y edades de oro económicas son cosa del pasado y no volverán.

Claro, un cisne negro podría aparecer y llevarnos nuevamente a la senda de la prosperidad, pero de la misma forma que no es sensato gastarse el dinero como si estuviéramos seguros de que vamos a ganar la lotería, tampoco lo es actuar como si estuviéramos seguros de que un deus ex machina va a venir a salvar el día. Después de todo, las tres tendencias a largo plazo de las que he hablado no parecen ser muy propensas al cambio. ¿Alguna gran revolución tecnológica está a punto de volver irrelevantes los límites del crecimiento? Sí, podría pasar. Pero no es probable. ¿De alguna manera la población occidental va a recuperar la ventaja competitiva respecto al resto del mundo? Ahora mismo no imagino cómo.

Como resultado de todo esto, lo que nos espera a corto plazo es muy probablemente una continuación de la lenta degeneración en la situación económica de la mayor parte de la población, durante la cual periodos de crisis se alternan con modestas recuperaciones, jalonadas con insistencia por los gobiernos y los medios de comunicación como un retorno de los buenos tiempos de expansión. Durante todo este periodo algunas cosas mejoran, pero otras muchas empeoran. De este modo…

En los próximos años, si nos guiamos por la historia reciente, es de esperar que, a medida que la reducción en las inversiones de capital del sector petrolífero se hagan notar en los niveles de producción y el precio del barril vuelva a subir por encima de los 100$, tengamos una nueva ronda de recortes, despidos y bancarrotas, aliñados probablemente por el pinchazo de alguna de las numerosas burbujas especulativas, acabando con la “impresionante” recuperación económica de los últimos años.

Las autoridades responderán pidiendo a la población que se apriete el cinturón y rece en nombre de la innovación y el libre mercado hasta que vengan tiempos mejores. Al cabo de un tiempo, la estabilización de la situación, la caída del precio del petróleo causada por destrucción de la demanda y la reactivación de la inversión y, probablemente, la aparición de nuevas burbujas especulativas darán forma a una nueva recuperación, modesta en realidad pero exagerada hasta la saciedad por unos gobiernos sedientos de popularidad… hasta que una nueva crisis toque a la puerta.

Este es el modelo base más probable para el futuro próximo. Sin embargo, hay varios factores de fragilidad que pueden alterar el curso del lento declive que he descrito. El sistema financiero global está plagado de agujeros y vulnerabilidades, y nada asegura que durante el estallido de la próxima burbuja especulativa (y ahora mismo son muchas las candidatas) las nuevas demostraciones de alquimia financiera por parte de las autoridades vayan a ser tan eficientes como en 2008 a la hora parchear todos los agujeros existentes. Tal como hemos dicho varias veces, el sistema financiero global es uno de los últimos reductos de la hegemonía occidental, así que un colapso en éste podría muy bien acelerar la decadencia de Occidente respecto al resto del mundo (acabando con el estatus de moneda de reserva del dólar y el euro, impidiendo a los gobiernos seguir financiando sus deudas, etc.). Como resultado de un evento de este tipo, los estándares de vida de la población occidental podrían caer de forma repentina. El resto del mundo probablemente quedaría muy afectado a corto plazo, pero es de esperar que con el tiempo resurgiera de las cenizas, esta vez sin el peso de un sistema financiero que favorece a otros países. Sería probablemente en ese entonces que de verdad veríamos nacer un nuevo orden mundial liderado por la República Popular China y sus aliados. No es ni de lejos seguro que algo así vaya a ocurrir, pero el mecanismo que utilizamos para consumir más de lo que producimos se sienta sobre bases tan endebles que asumir que este mecanismo va a seguir en su sitio pase lo que pase puede provocar sorpresas desagradables en un futuro.

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Y aquí volvemos al origen de esta serie de artículos, el creciente descrédito del sistema político en gran parte de Occidente. Tanto si prosigue la lenta degeneración económica de los últimos tiempos como si esta degeneración es acelerada por algún evento traumático, el futuro esbozado anteriormente no se ajusta para nada con las expectativas con las que hemos sido educados, según las cuales a lo largo del tiempo nos hacemos más ricos y cada generación vive mejor que la anterior. Estos, se suponía, eran hechos de la vida, verdades forjadas a fuego. Pero estos hechos y estas verdades han desaparecido del mapa, y nada indica que vayan a volver con nosotros en un futuro.

Esta nueva realidad está entrando de forma muy lenta en la consciencia de la población. Tenemos tan interiorizada la idea de progreso económico que desecharla cuesta enormemente. La realidad es tan complicada y llena de datos diferentes que la gente que quiere seguir impulsando la narrativa de progreso (y hay muchos de estos) siempre encontrará suficientes cosas que “van bien”, o suficientes cosas que “prometen”, y con eso pretenderán demostrar que no hay nada de lo que preocuparse, que el tren de la prosperidad sigue circulando sin problemas y que quienes dudan de eso son unos agoreros sin remedio. Pero a pesar de los intentos de este tipo de gente, cada vez más personas se están dando cuenta de la creciente brecha entre el futuro de prosperidad que se les había prometido y lo que ven a su alrededor. En consecuencia, piden explicaciones.

Durante un tiempo, las soluciones abstractas propuestas por el establishment político para volver a la senda de la prosperidad (innovación, competitividad, eficiencia, capitalismo verde, modernización, etc.) pueden ser aceptadas. Pero tras 30 o 40 años escuchando lo mismo, y sin ver los efectos positivos de estas “soluciones”, la población acaba interpretando las narrativas oficiales como pura propaganda y palabrería vacía. Como resultado, las masas estarán cada vez más dispuestas a escuchar a quien les venda narrativas menos trilladas. Este fue uno de los secretos de la popularidad de Donald Trump, quien durante la campaña electoral de 2016 se atrevió a tocar algunos temas tabú, como los efectos negativos de la globalización para los trabajadores estadounidenses y el declive internacional de la superpotencia norteamericana. Aunque probablemente luego no cumpliera sus promesas electorales, al menos no era un robot como el resto de candidatos, repitiendo hasta la saciedad los mismos argumentos manidos que llevamos décadas escuchando.

Es de esperar que, con el tiempo, fenómenos como Donald Trump se vayan multiplicando. Durante estos años puede haber un pequeño respiro por la modesta recuperación fundamentada por los bajos precios del petróleo y las diferentes rondas de Quantitative Easing de la Reserva Federal y el Banco Central Europeo. Pero la próxima ronda de crisis volverá a reavivar las llamas del descontento.

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Mucha gente se puede sentir esperanzada ante el escenario presentado anteriormente. Pueden pensar que el creciente descontento llevará más pronto que tarde al derrocamiento del “sistema”, y que cuando esto ocurra, las cosas irán indudablemente a mejor.

Se trata de un razonamiento muy ingenuo, pero inevitablemente popular en una cultura que menosprecia la historia y la política como materias de estudio y cuya visión del mundo está moldeada por la “Religión del Progreso”. Vamos a ver qué problemas hay con este tipo de planteamiento.

En primer lugar, las élites políticas y económicas actuales, garantes del sistema neoliberal en el que vivimos desde los años 80, no se dejarán derrocar sin oponer resistencia. Por mucho que vivamos en sistemas políticos democráticos, la minoría dominante tiene a su disposición armas muy poderosas para evitar ser sometida. Por un lado, pueden modular la opinión pública mediante su influencia en los medios de comunicación y en la educación, para que las masas piensen las cosas que ellos quieren que piensen. Así lo expresó de forma brillante Oswald Spengler hace bastante tiempo:

¿Qué es la verdad? Para la masa, es lo que a diario lee y oye. […] la verdad pública del momento, la única que importa en el mundo efectivo de las acciones y de los éxitos, es hoy un producto de la prensa. Lo que esta quiere es la verdad. Sus jefes producen, transforman, truecan verdades. Tres meses de labor periodística, y todo el mundo ha reconocido la verdad. Sus fundamentos son irrefutables mientras haya dinero para repetirlos sin cesar. […] Sus argumentos quedan refutados tan pronto como una potencia económica mayor tiene interés en los contraargumentos y los ofrece con más frecuencia a los oídos y a los ojos. En el instante mismo, la aguja magnética de la opinión pública se vuelve hacia el polo más fuerte. Todo el mundo se convence en seguida de la nueva verdad. Es como si de pronto se despertase de un error”.

Desde la época de Spengler se han añadido otros canales de información (televisión, internet, redes sociales, etc.), pero la regla general sigue vigente. Por mucho que en los países occidentales haya “prensa libre”, no sujeta a los gobiernos de turno, en contraste con la “infame” RT, en la práctica no hay grandes diferencias. Los grandes grupos de comunicación transmiten las verdades que las élites políticas y económicas desean. Éstas disponen de ejércitos de tertulianos y “eruditos” a su servicio, cuyo objetivo es difundir las narrativas preferidas por las minorías dominantes. Si algo no puede encuadrarse en la narrativa oficial, se intentará por todos los medios que no salga a la luz. Lo mismo ocurre en las universidades, donde los “expertos” se encargan de inocular las verdades deseadas a los estudiantes (ojee el lector cualquier libro de texto de economía y verá a lo que me refiero). De la misma forma, se publican libros que difunden las narrativas adecuadas, y aparecen estudios científicos que “demuestran” la validez de los puntos de vista preferidos.

No obstante, a juzgar por lo ocurrido en las elecciones estadounidenses de 2016, esta herramienta está resultando cada vez menos efectiva. La insistencia de los principales organismos de propaganda del establishment norteamericano – CNN, Washington Post, etc. – por demonizar a Donald Trump acabó jugando a favor de éste, porque una fracción creciente de la población norteamericana simplemente no se cree lo que dicen los grandes medios de comunicación, y asumen por defecto que mienten. Así pues, al ver cómo estos medios se pasaban el día criticando a The Donald por cada pedo que se tiraba, creían ver un aliado en este último, ya que el enemigo de mi enemigo es mi amigo (varios observadores han sugerido que probablemente esto fuera lo que buscaba el magnate con sus salidas de tono – incitar el ataque de la odiada prensa para ganar popularidad – lo cual me parece una hipótesis francamente factible). De hecho, la reciente insistencia de los medios de comunicación de que hemos entrado en la época de la “post-verdad” y de las “fake news” (como si la propaganda y la desinformación no existieran desde tiempos inmemoriales) no deja de ser un intento desesperado por parte de los organismos oficiales de propaganda por apuntalar sus narrativas preferidas, lo cual es indicativo de que están perdiendo el control de la opinión pública.

Otra herramienta de defensa de la minoría dominante, tanto o más temible que el control de la información, es la presión económica y financiera que ésta puede ejercer para atacar a sus posibles rivales. A nivel de la política internacional, fijémonos en cómo el imperio estadounidense impone sanciones económicas a todos los países y regímenes que considera enemigos (Rusia, Irán, Siria, Venezuela, Corea del Norte, etc.) bajo el pretexto de que esos regímenes violan los derechos humanos, que patrocinan el terrorismo o que simplemente son muy malvados (casualmente, estas sanciones nunca se imponen a otros regímenes que en cuestión de violar derechos humanos o patrocinar el terrorismo internacional dejan en pañales a la mayoría de los anteriormente citados). Supongo que las autoridades estadounidenses son conscientes de que a quien más perjudican con sus sanciones es a la población oprimida de esos países, y no a sus malvados gobiernos, pero no parece que esto les importe demasiado.

De la misma forma, el business as usual tiende a ahuyentar cualquier tipo de disidencia mediante la figura del inversor. Mediante la compra y la venta de divisas, títulos de deuda, etc. los inversores (gente con suficiente dinero para dedicarlo a estas aventuras, e inversores institucionales cuyo interés en la supervivencia del actual sistema económico es obvio) tienden a favorecer la prolongación inalterada del status quo, y tienden a desincentivar cualquier cambio brusco en éste. Los inversores se sienten atraídos por los climas “business-friendly” y por el mantenimiento de las políticas neoliberales, y huirán ante cualquier viraje respecto a esa situación.

Pensemos por ejemplo en la crisis de deuda pública de hace unos años en Europa. Si un país se desviaba del camino impuesto por la Troika, los inversores dejarían de estar dispuestos a seguir comprando los títulos de deuda emitidos por el gobierno, lo que haría aumentar la prima de riesgo enormemente, haciendo peligrar la capacidad de ese país por seguir financiándose, aumentando el riesgo de bancarrota, y como resultado obligando a dicho país a aceptar la terapia recetada por la minoría dominante. Este tipo de extorsión se puede aplicar incluso a gobiernos que han sido elegidos precisamente para poner fin al chantaje, tal como puede atestiguar Yanis Varoufakis.

Otra forma de presión económica similar ocurrió hace unos pocos meses en el contexto del proceso independentista que se estaba experimentando en Catalunya. En medio de la incerteza posterior al referéndum del 1 de octubre, los grandes poderes económicos dieron un duro golpe al independentismo al impulsar los cambios de sede social de las empresas radicadas en la región, fomentando así el miedo entre la población. Durante la montaña rusa del pasado octubre pudo verse cómo reaccionaba la comunidad inversora a todas las idas y venidas del procés, con subidas del IBEX 35 y bajadas de la prima de riesgo cuando ocurría algo que favorecía el orden establecido, y con la reacción contraria cuando el movimiento independentista se afianzaba.

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Aún si se pudiesen superar los mecanismos de resistencia del establishment y el descontento popular acabara derrocándolo, sin embargo, nada asegura que lo que venga a sustituir a los sistemas políticos y económicos actuales vaya a ser mejor que lo que tenemos ahora. Muchos reputados activistas anti-sistema de nuestros días acostumbran a asumir que en el momento en que el actual sistema sea derrocado, todos los males se irán con éste y viviremos felices por toda la eternidad; las historias del fin de la Rusia zarista y de la Alemania de Weimar, por poner sólo los dos ejemplos más destacados, ofrecen una útil medicina ante este tipo de “argumento”.

Y es que no hay suficiente con reconocer que algo va mal en “el sistema”: para empezar, hasta que las auténticas causas de la crisis y los auténticos errores del business as usual no se pongan sobre la mesa, las alternativas que se propongan al “sistema” no mejorarán la situación, y de hecho es muy probable que lo empeoren.

Hoy día, por ejemplo, una de las reacciones más comunes al fin de la prosperidad es la de buscar culpables. La senda de la prosperidad, se supone, era una de las constantes de la historia, y por lo tanto tiene que haber alguien responsable por su desaparición. Para el independentista catalán, el culpable será el Estado español; para los españoles de bien, el culpable serán las embajadas catalanas; para una gran parte de la población, el culpable será la corrupción de los políticos; para Nigel Farage, el culpable será la Unión Europea; para los europeístas, el culpable será la “extrema derecha”; para la “extrema derecha”, el culpable serán los inmigrantes musulmanes; para los veganos, los culpables serán los comedores de carne; para la clase media acomodada de las costas de Estados Unidos, los culpables serán los ignorantes de la América interior que votaron a Trump, o los espías del Kremlin. Si toda esa gente malvada o ignorante simplemente desapareciera, o se volviera razonable, o volviera a sus respectivos países, se supone, todo iría bien. Pero aunque algunos ejercicios de culpabilización pueden ir mejor encaminados que otros, el análisis de la situación no se puede quedar ahí: son las causas profundas, una vez más, lo que debe ponerse encima de la mesa.

Las causas profundas, una vez más, establecen lo que podemos y lo que no podemos esperar del futuro. No podemos esperar el retorno de las grandes expansiones económicas de antaño. Las nuevas generaciones no pueden esperar disfrutar de un bienestar material superior que el de sus padres. Probablemente no haya nada que podamos hacer para revertir la ley de los rendimientos decrecientes del progreso científico y tecnológico, la llegada de los límites del crecimiento y el declive de Occidente. Nada. Lo único que podemos hacer es organizarnos de formas menos disfuncionales a las actuales en un contexto de límites y de decrecimiento, concentrándonos en satisfacer las necesidades básicas de los seres humanos y en minimizar el sufrimiento. Pero esto no es aceptable en nuestra sociedad de niños mimados. Queremos oír que la prosperidad y el progreso volverán pronto, con nuevos juguetes electrónicos y con colonias en Marte. Por eso, los que se presentan como alternativas al sistema acostumbran a intentar convencer a los electores de que pueden traer de vuelta los buenos tiempos de prosperidad (“Make America Great Again”). No queremos oír que la prosperidad no va a volver. Como resultado, por ahora todas las opciones que se barajan tratan de arreglar la pieza averiada, arreglar ese algo que nos permita volver al sendero del éxito.

Podemos observar la misma mentalidad en los proponentes de un retorno a las políticas “desarrollistas” de mediados del siglo pasado, como Paul Krugman o, más cerca de casa, Vicenç Navarro. Según estos, si pudiésemos revertir la contrarrevolución de Reagan y Thatcher e implementar las políticas keynesianas que dieron forma al boom de la posguerra, todo iría bien. Pero no se dan cuenta de que el contexto ha cambiado. Ciertamente, volver a situar el interés público en una posición preferente podría arreglar muchas cosas, pero sólo si se abandonaran objetivos obsoletos como el crecimiento por el crecimiento, y si los gobiernos pusieran el énfasis en satisfacer las necesidades de las personas en un contexto de declive, en vez de centrarse en aumentar el PIB.

En cualquier caso, como la sociedad simplemente siente que hay algo que va mal, pero no puede identificar correctamente qué es lo que va mal, los cambios que se implementen en un futuro llevarán probablemente a situaciones indeseadas, y se tomarán medidas absurdas.

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Pero incluso aunque se identificaran correctamente las causas profundas de la crisis de nuestro tiempo, la dificultad para aplicar cambios positivos es muy grande.

Para empezar, no tenemos un gobierno mundial, y las organizaciones supranacionales están blindadas ante las fuerzas de la democracia, así que, aunque el descontento popular creciese enormemente, esto conduciría como mucho al asalto y derrocamiento de los gobiernos nacionales. Y los diferentes gobiernos nacionales están sometidos a varios lazos de dependencia que les limitan enormemente los movimientos. Los gobiernos de Europa occidental, por ejemplo, se aprovechan de una posición favorable en el orden internacional liderado por Estados Unidos, la cual les permite recibir una parte modesta del tributo imperial. Por lo tanto, si a algún gobierno de Europa occidental se le ocurriera realizar cambios drásticos que le alejaran del business as usual, podría hacer peligrar su posición privilegiada como aliado cercano de la potencia norteamericana. De la misma forma, la necesidad de seguir financiando la deuda nacional y de aprovecharse de la condición de moneda de reserva del euro obliga a dicho gobierno de Europa occidental a mantenerse en buenas relaciones con la Unión Europea. Tal como hemos visto antes, si un gobierno tomara medidas inesperadas, los inversores responderían rápidamente dificultando el pago de la deuda nacional, así que la mayoría de gobiernos de Occidente tienen las manos atadas.

El desmantelamiento de la economía productiva que incentivó el impulso globalizador es otra de las dependencias que complican enormemente el cambio. El bienestar occidental depende enormemente de la importación de bienes y servicios a bajo precio procedentes de ultramar. En general, dependemos de sistemas enormemente frágiles, como el sistema financiero, como un abanico de tecnologías cada vez más complejas y más opacas a nuestro conocimiento, o como unas supply chains y unas infraestructuras de dimensiones monstruosas. Ignorar estas cadenas de dependencia es extraordinariamente peligroso, y puede llevar a súbitas turbulencias en un tiempo récord.

Pero imaginemos que realmente existe un gobierno mundial, que es consciente de los problemas a que nos enfrentamos (finitud de recursos, etc.) y que quiere minimizar el sufrimiento humano. ¿Qué debería hacer este gobierno? No está nada claro. Uno puede concluir que el capitalismo sin restricciones se ha vuelto tremendamente inadecuado para satisfacer las necesidades humanas en el contexto actual de llegada de los límites del crecimiento, pero difícilmente nos pondríamos de acuerdo sobre qué es lo que se debería hacer al respecto. ¿Debería mantenerse el dogma del crecimiento en los países del “Tercer Mundo”, con el objetivo de eliminar el hambre y la pobreza extrema? ¿Cuánto tiempo se podría mantener esta situación? ¿Se debería aumentar el control gubernamental de la economía, para evitar el despilfarro de recursos actual? ¿Esto no podría desembocar en un crecimiento del autoritarismo? Habría que tomar decisiones complicadas, sin una “solución buena” evidente. Se cruzan los intereses contrapuestos de diferentes personas de diferentes zonas geográficas y diferentes épocas (del presente, de aquí 100 años, de aquí 1.000 años, etc.).

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Finalmente, por mucho que en las últimas décadas la situación económica se haya deteriorado y ya no “se vaya a mejor”, el bienestar material del que disfrutamos en Occidente es todavía muy elevado. Este es quizá lo que más asegura en sus puestos a las actuales autoridades políticas en estas primeras etapas de declive: la gente todavía tiene mucho que perder. Los cambios que se intenten a estas alturas probablemente no serán exitosos debido a todo lo que hemos dicho anteriormente (resistencia del sistema, dependencias enormes del exterior, etc.), y su falta de éxito dará mala reputación a todo lo que se aleje del status quo (fijémonos en cómo la popularidad del Brexit se ha reducido desde que se produjo la votación hace casi dos años), asentando con más fuerza el business as usual propugnado por las élites políticas y económicas.

En este sentido, creo que el contexto aún no está suficientemente maduro para el cambio desde arriba, así que por ahora nos queda seguir actuando como la rana que va siendo hervida poco a poco. Seguiremos el proceso de declive durante las próximas décadas, y los que esperen cambios positivos llegados desde arriba tendrán que esperar un largo tiempo, si es que dichos cambios positivos llegan a ocurrir en algún momento (de hecho, como ya dije hace unas semanas, quizá la mejor opción sea realizar cambios a nivel individual). De hecho, veo muy probable que los cambios desde arriba sólo ocurran de forma reactiva, en respuesta a las situaciones de emergencia que se vayan presentando.

No obstante, el tiempo no juega a favor del establishment político. A medida que el proceso de declive siga su curso, la población tendrá cada vez menos cosas a perder, los defensores de las narrativas oficiales del “todo va bien” tendrán cada vez más dificultades para mantener la credibilidad, y el riesgo para las autoridades políticas actuales cada vez será mayor.

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Al final, hay algo que me parece innegable: por mucho que sus cheerleaders acostumbren a alabar su presunta eficiencia, el capitalismo sin restricciones ha demostrado una ineficiencia comparable al de los regímenes comunistas de antaño a la hora de optimizar el uso de recursos para satisfacer las necesidades humanas en un contexto de límites del crecimiento y de una economía en declive.

Por lo tanto, a medida que pase el tiempo crecerá la presión de los gobiernos por introducir incentivos adicionales aparte de la simple búsqueda del beneficio económico y por tener un mayor control de la economía. Crecerá la presión por regular el consumo de recursos y minimizar su despilfarro. Es esperable, por lo tanto, que cuando el proceso de declive haya llegado suficientemente lejos, los distintos gobiernos acaben tomando medidas drásticas, aplicando la ley marcial si hace falta, para satisfacer las necesidades básicas de la población, como asegurar el suministro de comida, etc.

Es probable, aunque de ningún modo seguro, que esta presión por aumentar el control de la economía por parte de los gobiernos acabe desembocando en un auge de los regímenes autoritarios y en un declive de la democracia. Y una vez llegados aquí, me gustaría acabar esta serie de artículos con una hipótesis sobre el futuro político de Occidente, y con el permiso del lector haré un rodeo que quizá le parecerá injustificado.

Titulé la entrada anterior “La decadencia de Occidente” en homenaje al filósofo alemán Oswald Spengler, autor de un fantástico libro del mismo nombre hace aproximadamente un siglo, y junto con John Michael Greer la mayor influencia de este blog. La obra de Spengler es monumental y trata una ingente cantidad de temas diferentes, pero su tesis principal es que la historia humana no se caracteriza por un gran arco de progreso y civilización que llega hasta su clímax con nuestra sociedad, sino por una sucesión de “culturas” diferentes (egipcia, china, babilónica, india, antigua –grecorromana–,  etc.) que pasan por etapas similares o paralelas (a nivel religioso, artístico, filosófico, político, económico, etc.) en su evolución vital, análogas a las etapas de la vida de una persona (infancia, florecimiento, madurez y vejez) o a las estaciones del año (primavera, verano, otoño e invierno). Y como siguen etapas similares, Spengler cree que podemos predecir a grandes rasgos como serán las últimas etapas de nuestra propia cultura (la cultura occidental, que Spengler bautizó con el nombre de “fáustica”), a partir de lo que sabemos de culturas anteriores que ya completaron su ciclo particular hace mucho tiempo.

En el segundo volumen de “La decadencia de Occidente” Spengler trata en detalle la evolución política en la cultura occidental (quien haya leído suficiente a Greer ya sabe a grandes rasgos lo que viene a continuación). Creía que la democracia de su tiempo (principios del siglo XX) sería derrocada por “hombres fuertes”, hombres “de cuño cesáreo”, basándose en gran parte en los eventos que pusieron fin a la República en la Roma antigua, pero apoyándose también en fenómenos similares acontecidos en otras culturas que nunca llegaron a desarrollar sistemas políticos democráticos. En palabras suyas:

Así como la monarquía inglesa en el siglo XIX, así los Parlamentos en el XX serán poco a poco un espectáculo solemne y vano. Como allí el cetro y la corona, así aquí los derechos populares serán expuestos a la masa con gran ceremonia y reverenciados con tanto más cuidado cuanto menos signifiquen. Esta es la razón de por qué el prudente Augusto no desperdició ocasión de acentuar los usos sagrados de la libertad romana. Pero ya hoy el poder se muda de casa, y de los Parlamentos se traslada a círculos privados; igualmente las elecciones se convierten en una comedia, lo mismo para nosotros que en la antigua Roma. El dinero organiza las cosas en interés de los que lo tienen, y las elecciones se tornan un juego preparado que se pone en escena como si fuera la autonomía del pueblo”.

Al leer este fragmento, a uno le entran escalofríos. ¿Nadie ha tenido la sensación de que las elecciones de nuestro tiempo son una comedia y de que no sirven para nada? ¿Que no importa cuál sea el resultado, porque se hará lo que ordenen los que tienen dinero, y por lo tanto, el poder? Y es que, según Spengler, esta etapa de las culturas se caracteriza por “la dictadura del dinero”. Para él, el poder del dinero cava la tumba de la democracia. “El dinero manda, el dinero dirige; tal es el estado de las culturas decadentes”. “[El dinero] invadió la vida del campo y movilizó el suelo; ha transformado en negocio toda especie de oficio; invade hoy victorioso la industria para convertir en su presa y botín el trabajo productivo de empresarios, ingenieros y obreros”.

Ésta es, se puede argumentar, la etapa en que nos encontramos en la actualidad, a inicios del siglo XXI. La siguiente etapa de la historia, no obstante, podría estar empezando a deslumbrar. La dictadura del dinero acaba generando repugnancia y descontento entre las masas, que buscan a quien les libere de ese dominio. Al cabo de un tiempo, las formas institucionales sofisticadas que caracterizan a esta época son suplantadas por lo que Spengler llama “cesarismo”:

Llamo cesarismo a la forma de gobierno que, pese a toda fórmula de derecho público, es en su esencia completamente informe. Nada importa que Augusto en Roma, Shi Huang-di en China, Amosis en Egipto, Alp Arslan en Bagdad, envuelvan su posición en los nombres de viejos cargos. El espíritu de estas viejas formas está muerto. Por eso todas las instituciones, aunque sean conservadas trabajosamente, carecen ya de sentido y peso. Lo único que significa algo es el poder personal que ejercen por sus capacidades el César o, en su lugar, un hombre apto”.

La figura del César acaba con la omnipotencia del dinero y de la economía como principios rectores de la sociedad, y vuelve a poner a la política (a “la sangre”, en el florido lenguaje de Spengler) en primer término. En esta última época, las disputas políticas dejan de girar en torno a las ideologías abstractas y pasan a hacerlo en torno a las personalidades de líderes carismáticos:

Desde que despunta la época imperial no hay ya problemas políticos. Las naciones se las arreglan con las situaciones y los poderes que encuentran. Torrentes de sangre habían enrojecido en la ‘época de los Estados en lucha’ las calles de las ciudades mundiales para realizar las grandes verdades de la democracia y conquistar derechos, sin los cuales la vida no parecía valiosa y digna de ser vivida. Pero ahora estos derechos ya están conquistados y, sin embargo, los nietos no se deciden a emplearlos, ni aun bajo la amenaza de castigos. Cien años más, y ya ni los historiadores comprenden las viejas controversias”.

Nuevamente, las similitudes con la época actual producen escalofríos. Hoy día puede haber descontento con las autoridades políticas por el deterioro económico experimentado la población. Pero es en su mayor parte un descontento primitivo, sin ideas, sin ideologías. Ahora ya no se debate sobre qué sistemas económicos deberían establecerse en nuestra sociedad. Palabras como capitalismo o socialismo han perdido su significado original para convertirse en insultos o en elogios dependiendo de quien las pronuncie. Ya no importa su significado; conversar sobre eso sólo produce hastío en el populacho. Lo único que importa ahora es encontrar a quien traiga prosperidad, da igual cómo lo haga. Y ese alguien, si seguimos la narrativa de Spengler, son los césares, las figuras carismáticas dispuestas a enfrentarse a las autoridades establecidas y contentar a las masas.

Algunos de los acontecimientos de los últimos años parecen indicar que realmente nos estamos dirigiendo a esta última etapa de nuestra historia, caracterizada por el retorno de la política y de las grandes personalidades. Es innegable que alguien como Donald Trump fue elegido en primer lugar por su personalidad carismática y por su condición de “outsider”, no por sus ideas. Lejos de ahí, en Europa del Este, la receta neoliberal aplicada tras la caída del bloque comunista ha acabado desembocando en la llegada al poder de varias figuras de corte populista, dispuestas a contentar a las masas poniendo al dinero al servicio de la política, y no al revés. Es el caso de Viktor Orbán en Hungría, Andrzej Duda en Polonia o, sobretodo, Vladimir Putin en Rusia. De hecho, según Greer, los grandes populistas de la Europa de entreguerras, como Benito Mussolini o Adolf Hitler, no eran sino los primeros césares producidos por nuestra cultura, pero los resultados de la Segunda Guerra Mundial y el boom de posguerra postergaron el proceso de transición hacia el cesarismo. Por otro lado, el hecho de que la gran superpotencia emergente (China) tenga un sistema político autoritario en que las compañías privadas están al servicio de las autoridades políticas, y no al revés, puede ser una señal más de que los tiempos realmente están cambiando, y de que la política está volviendo con fuerza a nuestra cultura, recuperando la supremacía que el dinero le había quitado temporalmente.

Quién sabe si la hipótesis del cesarismo terminará siendo correcta. ¿El declive económico en el que estamos inmersos desembocará en el fin de la “dictadura del dinero”? ¿Estamos esperando a los césares que vendrán a derrocar a las actuales élites políticas y económicas? ¿Supondrá eso el fin de las orgullosas democracias occidentales?

Sólo el tiempo lo dirá.

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Como ya he dicho en el primer párrafo, esta entrada es la última de la serie iniciada con “Años de furia”. Llegados a este punto, tengo que avisar al lector que no pienso publicar nada más durante los próximos meses, pues estoy de viaje y no puedo escribir. No obstante, todavía hay muchas cosas de las que quiero hablar aquí, así que hasta la próxima.