sábado, 30 de junio de 2018

El abrazo ineludible de la metafísica




Cuenta la historia que hace mucho, mucho tiempo, la gente era estúpida e ignorante, y para explicar todo aquello que no entendían, se inventaban seres imaginarios y se contaban toda clase de historias extravagantes y absurdas. De aquí viene la creencia en dioses, en espíritus y en demonios. De aquí viene la magia, la astrología y la alquimia. Afortunadamente, sigue el relato, llegó el día en que nos dimos cuenta de que, en vez de inventarnos mitologías coloridas para explicar el mundo, podíamos simplemente observar cómo era éste.

La historia de la humanidad, a ojos de muchos ciudadanos modernos, es la historia de cómo toda esa estúpida gente del pasado dejó de creer en esas cosas tan disparatadas, cómo nos liberamos de las fuerzas de la Ignorancia y la Superstición, y cómo empezamos a adquirir conocimientos verdaderos, objetivos, del universo.

Según esta popular narrativa, la civilización moderna se distingue de todas las demás civilizaciones del pasado por el hecho de que sus conocimientos están basados en hechos objetivos y demostrables, no en supersticiones o creencias ciegas.

Pero, ¿en qué se basa esta narrativa? En los raros casos en que nos vemos en la necesidad de defenderla (normalmente no hablamos de ella porque su validez nos es evidente), nuestra arma principal para hacerlo es invocar el nombre de la Ciencia. Sabemos que estamos en lo cierto y que la gente del pasado estaba en un error porque tenemos a la Ciencia con nosotros. La Ciencia, herramienta objetiva por excelencia, nos da la razón.

Así que, ¿qué hace a la Ciencia algo tan especial? Supuestamente, lo que lo hace tan especial es que no se basa en dogmas y mitos, si no en la observación neutra y desinteresada de lo que ocurre en el mundo, y en el examen crítico de esas observaciones. Según el relato, a partir de la observación del mundo y de nuestra capacidad para razonar sobre dichas observaciones, fuimos desarrollando teorías sobre cómo funcionaba éste, las cuales serían confirmadas o desmentidas mediante ulteriores observaciones. Si una teoría superaba de forma exitosa suficientes de los exámenes a que los científicos la sometían, ascendería a la categoría de ley. Se volvería parte del universo conocido. Habríamos descubierto una parte del cosmos. Con el paso del tiempo, iríamos descubriendo y acumulando más y más leyes universales, con las que iríamos explicando y prediciendo una cantidad cada vez mayor de fenómenos, hasta que, con suerte, en un futuro no muy lejano todo fuera comprendido por la mente humana.

Se asemeja así la Ciencia a un implacable rodillo accionado por el ser humano que va eliminando todo lo desconocido, lo oculto, lo caótico e ininteligible del universo que encuentra a su paso, y en su lugar deja orden y ley. Un mastodonte que va descubriendo de forma progresiva la naturaleza auténtica del cosmos y va acumulando conocimientos objetivos de éste, revelando las leyes que lo controlan y lo guían.

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No quiero desmerecer los extraordinarios triunfos de la ciencia moderna en los últimos siglos, ni quitarle méritos a una empresa a la que tantas personas formidables han entregado tanta energía y tanta pasión. Pero creo que alrededor del término abstracto ciencia, se han juntado una serie de malentendidos, confusiones e interpretaciones que han alimentado una forma de ver el mundo y, sobretodo, de vernos a nosotros mismos, que podrá ser emocionalmente atrayente, pero no es en ningún caso “científica”. Voy a empezar a explicarme:

Consciente o inconscientemente, consideramos que la ciencia y los científicos descubren verdades literales sobre el cosmos. Se dice, por ejemplo, que tal o cual científico “descubrió” tal o cual elemento químico. Se dice que “el átomo” fue conjeturado en la Grecia Clásica y en la India antigua, que luego fue olvidado durante largo tiempo, hasta que fue finalmente “descubierto” en el siglo XIX. Por otro lado, se dice que Newton “descubrió” las tres leyes del movimiento y que Lavoisier (o Priestley) “descubrió” el oxígeno.

Bajo este punto de vista, la ciencia, mediante su procedimiento de observación, va descubriendo partes de la realidad que estaban ocultas “ahí fuera”. En su desarrollo, encuentra la naturaleza pura de las cosas. El oxígeno formaba parte del aire que respiramos antes de que Lavoisier descubriera ese elemento químico. La materia estaba formada por átomos antes de que sus descubridores, antiguos o modernos, hubieran nacido. Los cuerpos se regían mediante las leyes de Newton antes de que éste diera con ellas. Se asemeja así el trabajo del científico al ir sacando piedras de unos escombros para encontrar tesoros escondidos bajo ellas. A medida que se van descubriendo las verdades ocultas y se va acumulando el conocimiento, cada vez hay menos espacio para la elucubración y la imaginación. El mundo a nuestro alrededor se va “solidificando”, cristalizando en una forma concreta, la forma auténtica.

La ciencia, no obstante, no descubre verdades. La ciencia descubre regularidades en el mundo que percibimos. Pone el foco de atención en el hecho de que algunos fenómenos percibidos por nosotros acostumbran a ir seguidos de otros (por ejemplo, si dejo de sujetar el vaso que tengo en las manos, este caerá al suelo y se romperá), y así conjetura que ambos fenómenos están relacionados de forma causal (suponer que el hecho de que mi mano deje de sujetar el vaso ocasiona su caída y su eventual fractura).

Si la sucesión de fenómenos es suficientemente simple, podemos desarrollar modelos conceptuales, expresados en lenguaje matemático, que pretenden describir el modo en que los diferentes fenómenos están relacionados. En el caso del vaso que cae, Isaac Newton consiguió describir una gran cantidad de regularidades aparentemente desconectadas (por un lado, el hecho de que, en la Tierra, los objetos caen de forma vertical hacia la superficie si no hay un soporte que se lo impida; y por otro, el movimiento de los astros en el cielo, que aparentemente se regían por “leyes” diferentes) con el mismo modelo conceptual (las masas de los cuerpos se atraen, con una fuerza cuya magnitud depende del tamaño de dichas masas y de la distancia entre ellas).

Así, la ciencia puede detectar y describir con más o menos precisión las regularidades detectadas. Puede incluso explicar esas regularidades detectando o infiriendo regularidades que estaban ocultas (siguiendo con el mismo ejemplo, la atracción entre masas que llamamos gravedad se pasó a explicar, a raíz de la teoría general de la relatividad, a partir de la curvatura del espacio-tiempo provocada por la distribución desigual de la masa). Pero nunca podremos explicar las regularidades sin referirnos a otras regularidades. En un sentido último nunca podemos explicar por qué las cosas son como son. Da igual la cantidad de partículas subatómicas que se descubran en el Gran Colisionador de Hadrones. Da igual que las llamen “partículas de Dios”. Detrás de cada partícula, detrás de cada descubrimiento, siempre habrá un enigma. Siempre se asomará la pregunta “¿por qué esto?”. Detrás de cada misterio siempre habrá otro misterio.

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Pero podemos dar más vueltas de tuerca a todo esto. La ciencia descubre regularidades en el mundo que percibimos. Pero el mundo que percibimos no está “ahí fuera”. Tal como dijimos en el anterior artículo, no percibimos directamente ninguna “realidad exterior”; lo que experimentamos es una representación de esa realidad “exterior”, creada por la interacción entre dicha realidad y nuestra propia consciencia. Como resultado, lo que observamos viene condicionado tanto por la naturaleza del mundo exterior como por nuestra propia naturaleza.

La luz del sol en la cara. Esa canción que nunca te cansarás de escuchar. Las caricias de tu amante en una noche de pasión. Todas esas representaciones “se sienten” reales, pero eso es porque nunca hemos experimentado ni vamos a experimentar nada más. Sin embargo, por absurdo que parezca, esas representaciones no existen fuera de nosotros. No tienen una realidad objetiva. Las creamos nosotros mismos. Por eso, el mundo en que vivimos (el mundo que nos representamos) es profundamente humano (sólo podemos conjeturar cómo es el mundo representado por, digamos, un hongo), y profundamente subjetivo.

De hecho, la única razón por la que podemos siquiera hablar de “hechos” es que los seres humanos nos parecemos mucho entre nosotros y por consiguiente nos representamos el mundo de formas muy similares, así que podemos estar de acuerdo en muchas cosas (por ejemplo, podemos decir que el mar es azul, aunque el atributo “azul” ni siquiera exista “ahí fuera”, más allá de nuestra consciencia). Pero más allá del reino humano no existen los “hechos”: no hay hechos objetivos universales disponibles para nosotros.

Todo lo que ves, todo lo que oyes, todo lo que sientes, viene determinado por tu condición de ser humano. El universo a tu alrededor, querido lector, es, en su sentido más profundo, un universo humano, “moldeado hasta el más mínimo detalle por la imagen reflejada de tu propia humanidad”.

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Por su parte, cuando en vez de experimentar nuestras representaciones pasamos a pensar sobre dichas representaciones mostramos quizá aún más nuestra propia naturaleza humana, nuestras propias limitaciones y nuestra propia idiosincrasia. Nos sumergimos más en el océano de símbolos creados por nosotros mismos.

Al pensar en las representaciones que constituyen nuestro mundo, elaboramos una serie de términos y conceptos con los que ordenamos este mundo percibido. Estos términos y conceptos, nunca se repetirá lo suficiente, no son lo que pretenden ordenar. Son parte del grupo de símbolos que usamos para compartimentar y dar forma a nuestro conocimiento. Desarrollamos términos y categorías para describir y organizar los fenómenos, pero estos términos y categorías no son el fenómeno en sí. Les conferimos una existencia ficticia, y los confundimos con la realidad que pretenden organizar.

La tabla periódica de elementos químicos constituye un buen ejemplo de lo que quiero decir. La clasificación de la tabla periódica no está “ahí fuera”. La hemos creado nosotros porque nos parece útil, al resaltar las diferencias en ciertas propiedades de los diferentes tipos de materia. Hemos clasificado la materia en “elementos químicos” porque nos ha parecido útil, pero esta clasificación no estaba “ahí fuera” y, de hecho, no era inevitable diseñarla así. Podríamos, por ejemplo, haber considerado que cada uno de los tres isótopos del carbono era un elemento diferente. Pero no lo hicimos porque preferimos usar el número de protones como criterio para clasificar la materia. De nuevo, no era inevitable hacerlo así. Los átomos de los diferentes isótopos de carbono, después de todo, no venían con la etiqueta “CARBONO” enganchada en su núcleo.

Con estos términos y categorías establecemos fronteras claras en nuestra mente, y estructuramos así nuestro pensamiento. A los seres humanos nos gusta demarcar, clasificar, poner líneas y fronteras en los contenidos de nuestro conocimiento. De esta forma nos es más fácil darle sentido a las cosas. Pero estas demarcaciones no existen en la naturaleza, o al menos no existen en formas tan claras como en nuestros esquemas mentales.

Cabe decir que la excesiva literalidad con la que tratamos nuestros propios términos y categorías puede afectar tanto a los legos como a la comunidad científica. De hecho, el área concreta en que se haya especializado cada científico determina la forma en que organiza y compartimenta su conocimiento. Las distintas ramas de especialización actuarán a veces como una fuente de confusión adicional para el científico, ocasionando más de un malentendido. Veámoslo con otro ejemplo.

Cuenta Thomas Kuhn en su Estructura de las Revoluciones Científicas la historia de un investigador que “preguntó a un físico distinguido y a un químico eminente si un solo átomo de helio era o no una molécula. Ambos respondieron sin dudar, mas sus respuestas no coincidieron. Para el químico, el átomo de helio era una molécula porque se comportaba como tal por lo que respecta a la teoría cinética de gases, mientras que para el físico el átomo de helio no era una molécula porque no mostraba un espectro molecular. Presumiblemente, ambas personas hablaban de la misma partícula, pero la veían a través de su propia formación y práctica investigadora. Sus experiencias en la resolución de problemas les dictaban qué debía ser una molécula”.

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Al pensar en los fenómenos que observamos, desarrollamos modelos conceptuales que describen dichos fenómenos en términos suficientemente sencillos como para que los podamos entender. Pero, nuevamente, los modelos que desarrollamos para darle sentido a lo que observamos no existen “ahí fuera”.

Estos modelos son reflejos, tanto de la realidad exterior como de nuestra propia naturaleza. Son el resultado de la interacción entre nosotros y lo que hay ahí fuera. De esta forma, aunque con un telescopio o con un microscopio podamos observar cosas que no podemos ver por nosotros mismos, en el momento en que pretendemos darle sentido a los fenómenos observados mostramos nuestras propias limitaciones y particularidades.

Así, muchos de los modelos teóricos que usamos están construidos en última instancia a partir de metáforas y analogías obtenidas del mundo cotidiano o de anteriores modelos más conocidos; metáforas y analogías a los que no hemos llegado mediante ningún razonamiento lógico, mediante ningún criterio objetivo. Simplemente nos ha parecido útil ver el mundo a través de éstas.

Para entender lo que quiero decir, veamos, por ejemplo, cómo ha variado durante los últimos siglos nuestra idea de lo que es la luz.

En el siglo XVIII, a raíz del paradigma suministrado por la Óptica de Isaac Newton, se creía que la luz estaba compuesta de partículas, corpúsculos materiales. Posteriormente, en base a trabajos de científicos como Thomas Young y Augustin Fresnel en el siglo XIX, la luz pasó a ser un movimiento ondulatorio transversal. Ya en el siglo XX, a causa de los estudios de Max Planck, Albert Einstein y otros, la naturaleza de la luz volvió a cambiar. Ahora la luz era una entidad mecánico-cuántica que muestra algunas características de las ondas y algunas de las partículas, en lo que se llama “dualidad onda-partícula”. Entonces, ¿es esta dualidad onda-partícula la naturaleza “real”, “definitiva”, de la luz? Qué extraña que es la realidad, ¿no?

Es en casos como éste que nuestra propia idiosincrasia a la hora de conceptualizar la realidad “exterior” se observa de forma más clara. Dice Greer: “¿Qué significa, después de todo, llamar a algo una partícula? Examina el concepto por un tiempo y te darás cuenta que, en su raíz, este concepto de ‘partícula’ es una metáfora abstracta, extraída de la experiencia humana cotidiana de tratar con pequeños objetos redondos como guijarros y canicas. ¿Qué es, a su vez, una onda? Otra metáfora abstracta, extraída de la experiencia humana habitual de ver el agua en movimiento. Cuando un físico dice que la luz a veces actúa como una partícula y a veces como una onda, lo que está diciendo es que ninguna de estas dos metáforas describe más que parcialmente el comportamiento de la luz, y no tenemos una metáfora mejor disponible”.

Estas metáforas están presentes en todas partes del conocimiento científico, y de hecho su uso acostumbra a ser fundamental en la expansión del conocimiento científico. En tiempos de Benjamin Franklin, por ejemplo, la electricidad se entendía como un “fluido”. Sin esta metáfora y sin la idea de “embotellar el fluido eléctrico”, probablemente no se hubiera diseñado la botella de Leyden, instrumento clave para desarrollar la primera teoría paradigmática en el mundo de la electricidad.

De la misma forma podemos hablar de (cita sacada de The Blackwell Guide to the Philosophy of Science) “corriente eléctrica, campo eléctrico, estado excitado, o enlace químico que se forma, se rompe, se flexiona, se tuerce o incluso vibra. Este tipo de metáforas están ‘muertas’; son omnipresentes en nuestro lenguaje y se nos aparecen como expresiones literales, especialmente porque muchas veces son la única expresión de que disponemos para los fenómenos que pretenden describir. La prioridad histórica probablemente sería el único motivo por el cual la corriente de un río o un campo arado por un agricultor serían considerados expresiones más literales que una corriente eléctrica o un campo eléctrico”.

Décadas atrás, escribía el filósofo de la ciencia Peter Achinstein en Concepts of Science: A Philosophical Analysis: “Las analogías se emplean en la ciencia para fomentar la comprensión de conceptos. Lo hacen así al indicar similitudes entre estos conceptos y otros que pueden ser más familiares o más fácilmente comprendidos. También pueden sugerir cómo se pueden formular principios y cómo extender una teoría: si notamos similitudes entre dos fenómenos (por ejemplo, entre los fenómenos electrostáticos y los gravitacionales), y si los principios que gobiernan a uno son conocidos, entonces, dependiendo de lo mucho que se parezcan ambos, puede ser razonable proponer que principios similares gobiernan también al otro”.

Tras esta explicación, Achinstein daba varios ejemplos de analogías: (1) entre la estructura de un átomo y la del sistema solar, (2) entre las ondas de luz, de sonido y de agua, (3) entre la fisión nuclear y la división de una gota de agua, (4) entre el núcleo de un átomo y las capas de electrones, y (5) entre la atracción electrostática y la conducción del calor.

Agazapado detrás de todos estos ejemplos subyace, siempre oculto, el demonio de la confusión, que nos tienta a tratar los modelos, no como ayudas o herramientas para comprender, si no como verdades literales sobre el universo.

¿Y qué hay de las metáforas que tratan, por ejemplo, al cerebro como un ordenador, al ser humano con un robot biológico, o al universo entero como una gigantesca máquina? Cierto, estas metáforas se acostumbran a interpretar en un grado de literalidad menor que otras, pero aun así hay muchísima gente que pierde de vista su naturaleza metafórica, lo cual da lugar a unos cuantos malentendidos y a conclusiones que en ningún caso son justificadas.

Por otro lado, ¿qué hay del concepto mismo de “ley de la naturaleza”? ¿No es acaso una metáfora sacada de la experiencia cotidiana en sociedad, en la cual hay que obedecer unas leyes de convivencia y no cometer delitos? ¿O acaso creemos que las piedras caen porque se sienten obligadas a acatar el Código Penal del universo?

Tampoco los conceptos de la física actual (como las matrices de probabilidad cuántica o la curvatura del espacio-tiempo) dejan de ser modelos simplificados, creados por nosotros mismos para darle sentido a lo que observamos. El problema aquí, es que la realidad es tan lejana al “sentido común” y a la vida cotidiana, que incluso los modelos y metáforas que pretenden describir estos fenómenos en términos simplificados son increíblemente complicados y poco intuitivos.

¿Y qué decir de términos más fundamentales, como pueden ser “fuerza”, “energía”, o “cantidad de movimiento”? Relacionamos estos conceptos mediante el lenguaje matemático, en fórmulas que supuestamente representan valores lógicos universales, números puros, elementos objetivos. Esto nos produce la ilusión de que los conceptos mismos son universales, objetivos, únicos. Pero las expresiones matemáticas no significan nada por sí mismas, sin los conceptos, las categorías, los símbolos e imágenes que se ocultan bajo los signos de tal o cual ecuación. Ninguna observación, ninguna medición de la naturaleza nos informa de nada por sí misma, si no hemos aceptado antes una serie de categorías e imágenes básicas con las cuales ordenar dicha naturaleza.

“Velocidad”, “fuerza”, “masa”. ¿Acaso están “ahí fuera”? ¿Son “hechos”? ¿O son categorías creadas por nosotros mismos para explicarnos y ordenarnos el mundo en nuestros propios términos, de unas formas concretas? ¿No son acaso un grupo de símbolos e imágenes que reflejan nuestro modo particular de representarnos el mundo? ¿No son acaso reflejos de nuestro propio sentir? ¿O acaso creemos que un ser inteligente del planeta Kepler-452b que decidiera interrogar a la naturaleza en busca de respuestas llegaría por necesidad a los mismos conceptos que nosotros? ¿Tan arrogantes somos? ¿Acaso creemos que el camino que hemos seguido nosotros era el único posible?

Los conceptos mismos que usamos no tienen una base dada, objetiva, neutra. Nosotros decidimos representarnos el mundo en términos de “fuerza”, o de “movimiento”, o de “energía”, o de “materia”. No podemos analizar estos conceptos desde una base objetiva. Simplemente se nos ocurre intuitivamente representarnos el mundo a través de éstos. De hecho, tenemos problemas incluso para definir estos conceptos, y para hacerlo debemos nuevamente usar otros conceptos que en última instancia tienen su origen en la experiencia cotidiana (p.ej.: “la energía es la capacidad de producir trabajo”).

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En el anterior artículo describí cómo en la actualidad, para mucha gente (y para muchos científicos – en ese artículo citaba a Stephen Hawking) la ciencia se ha comido a la filosofía, la ha vuelto obsoleta, al responder mejor que ésta a las mismas preguntas que ésta siempre se había hecho. Pero después de todo lo dicho anteriormente, más de uno podría sospechar de la validez de esta afirmación. En efecto, si seguimos profundizando en los fundamentos de la ciencia, si seguimos escarbando en los conceptos y construcciones “científicos” que usamos para darle sentido al mundo, llegaremos a la conclusión de que toda investigación científica parte de una base, digamos, “metafísica”.

Los científicos que trabajan en cualquier campo del conocimiento que no esté en crisis, aceptan tácitamente, sin darse cuenta, sin ningún razonamiento previo, unas ideas concretas que les informan sobre cómo es el mundo, que lo estructuran de unas formas concretas, y que sirven de base a toda investigación posterior. Sólo a partir de esta aceptación la investigación científica es posible. El científico trabaja, sin darse cuenta, “desde dentro” de estos fundamentos.

Es más, algunos de los fundamentos metafísicos de la ciencia van mucho más allá del mero uso de metáforas o de elementos indefinibles para explicarnos partes concretas del universo. Por ejemplo, toda investigación científica parte de la suposición de que existe un realidad objetiva, independiente de la percepción y la medición, y que esta realidad es de alguna forma predecible y accesible a la razón humana. A esta suposición no hemos llegado a través de ningún experimento empírico ni por ningún estudio peer-reviewed publicado en Nature. Es una suposición metafísica. Pero su aceptación está implícita en la investigación.

Uno de los fundamentos metafísicos más importantes desde los cuales trabaja la comunidad científica actual es el del materialismo o, en un término menos utilizado pero quizá más adecuado, fisicalismo: la mayoría de científicos (y de ciudadanos comunes) asumen por defecto que el universo está constituido por materia y energía, y nada más. Todo aquello que existe es algo físico o puede en última instancia explicarse en términos de procesos físicos. No es concebible plantear que en el universo haya algo más que eso: hacer ese planteamiento es, a ojos de muchos científicos (y de muchos miembros de nuestra sociedad), un síntoma de estupidez y/o locura. Algunos incluso pueden encontrarlo ofensivo o de mal gusto. Porque a sus ojos, por definición, la existencia misma es materia y energía.

Querido lector, si en tu opinión esto es evidente y de repente piensas que me he vuelto loco por hablar siquiera de ello, si de repente sientes la imperiosa necesidad de abandonar esta página regentada por un “magufo” recién salido del armario, te sugiero que te sientes en una silla cómoda, con la espalda recta. Cuando estés bien sentado, cierra los ojos y relájate. Y cuando estés relajado, hazte la pregunta, ¿por qué esto es tan evidente?

Vamos a seguir dentro de unas semanas.


sábado, 19 de mayo de 2018

El Gran Edificio de la Humanidad



En la primera entrada de este blog, hace un poco más de un año, hablé de las técnicas que usamos los seres humanos para darle sentido a un mundo irremediablemente demasiado complejo para nosotros. Tejemos narrativas, pequeñas historias coherentes consigo mismas, modelos simplificados de la realidad, suficientemente simples para poderlos abarcar con nuestra mente, y suficientemente atrayentes a nivel emocional como para que los aceptemos. Usamos estas narrativas para explicarnos el mundo en que vivimos.

En dicho primer artículo puse de ejemplos algunas narrativas bastante ambiciosas: la muerte de Jesús, el gran mito histórico del comunismo, y el New Deal de la era Roosevelt. Cada una de estas tres historias es un modelo o representación de la realidad creado por nosotros, que pretende explicar partes del universo relativamente grandes. Pero este proceso de adaptación y simplificación de la realidad ocurre a un nivel mucho más fundamental y en situaciones mucho más mundanas.

Sin ir más lejos, todo lo que experimentamos a lo largo de nuestras vidas (el ordenador que tienes delante, por ejemplo, o el ruido del teléfono) son representaciones o modelos mentales creados por nosotros mismos, a través de los cuales adaptamos a nuestras capacidades una realidad demasiado compleja para nosotros. Estas representaciones son inevitablemente subjetivas; tienen necesariamente nuestra propia impronta, y vienen a ser un reflejo de nosotros mismos. De aquí sale la idea, presente en varias tradiciones esotéricas, de que la realidad experimentada (el macrocosmos) es un reflejo de quien la experimenta (el microcosmos). Las representaciones de la realidad que se hagan una abeja melífera, una lombriz de tierra o un roble serán profundamente diferentes a las que nos hacemos nosotros, ¿pero quiénes somos para decir que las nuestras son correctas y las suyas erróneas? Incluso podemos argumentar que nuestras nociones de espacio y tiempo, que consideramos tan “obvias”, son necesariamente subjetivas; otros seres pueden experimentar éstos en formas diferentes, o incluso no experimentarlos en absoluto.

Todas las representaciones e imágenes que experimentamos no existen fuera de nosotros, o al menos no existen en las formas en que las percibimos. Son símbolos creados por nosotros mismos. Forman parte de nuestra realidad y están irremediablemente conectados a nosotros; no forman parte de la realidad en sí misma (o la “cosa en sí misma”, en la terminología de Immanuel Kant) de la cual poca cosa podemos saber, más allá de que, como cualquier físico cuántico puede atestiguar, es de una complejidad mareante.

Asimismo, cuando pasamos a construir narrativas verbalizadas como las del principio del artículo (valiéndonos para ello de representaciones más simples), nos alejamos aún más de la “realidad en sí misma” y nos adentramos más en el reino de lo simbólico. Cuanto más abstractos sean los conceptos que usamos más nos hundiremos en el océano de los símbolos.

Este matiz (la diferencia entre “nuestra realidad” y “la realidad en sí misma”), incluso en los casos en que es reconocido, es hoy día normalmente tratado como algo insignificante. En el imaginario colectivo viene a ser uno de aquellos detalles anecdóticos que solamente sirven para entretener a los filósofos en disquisiciones triviales. Aunque no experimentemos la realidad directamente, a efectos prácticos, es como si lo hiciéramos, y discutir sobre este tema es querer complicarse la vida innecesariamente.

Hubo un tiempo en que tendía a estar de acuerdo con esta visión más “pragmática” de las cosas. Hoy día, no obstante, ya no me es posible seguir pensando así. No es un detalle insignificante. Es un detalle que lo cambia todo.

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Como ya hemos dicho, modificamos y simplificamos la realidad para poder abordarla con nuestras modestas capacidades. Pero como pasa en todo proceso de simplificación, hay partes de la realidad que son rechazadas y quedan fuera del cuadro de “nuestra realidad”. Esto hace que nuestro cuadro de la realidad sea incompleto. Es más, debido al enorme desequilibrio que existe entre una realidad de una complejidad inabarcable y las capacidades profundamente limitadas de los seres humanos, la parte de la realidad que queda “fuera del cuadro” es inevitablemente mucho mayor que la que está dentro de él.

Podemos observar esta circunstancia en todas partes. Pensemos por ejemplo en las típicas tertulias políticas de radio o televisión, en que, aunque según el presentador “se cubren todos los puntos de vista”, en realidad todos los contertulios comparten de forma tácita mucho más que lo que les divide.

Quién no se ha encontrado nunca, por ejemplo, con el clásico debate sobre la energía, normalmente consistente en una discusión sobre cual o cuales fuentes de energía deberían alimentar a la economía industrial globalizada. No hace falta haber presenciado muchos debates del estilo para conocer perfectamente los argumentos que se van a exhibir: los proponentes de los combustibles fósiles acusarán a las energías renovables de no estar preparadas y de encarecer los precios de la electricidad, mientras que los proponentes de las energías renovables acusarán a los combustibles fósiles de ser la energía del pasado, de ser sucias y de causar el cambio climático. Todo ello vendrá aliñado por el tradicional ingeniero nuclear trasnochado que nos informará de lo bien que irían las cosas si los políticos dejaran de tomar decisiones estúpidas, pusieran menos trabas a la instalación de centrales nucleares y dieran más dinero para la investigación de este tipo de fuente de energía, barata y limpia al mismo tiempo. Se afrontará el debate básicamente como un asunto puramente técnico, y muchas de las dimensiones sociales y políticas del asunto raramente entrarán en el horizonte de los contertulios. Preguntas como, “¿para qué queremos toda esa energía?” estarán ausentes; no están en el modelo, en la representación de la realidad de los participantes en la conversación.

Algo similar podemos decir de los debates convencionales de economía política, en muchos de los cuales parece que la única cuestión a aclarar es qué grado de implicación deberían tener los estados y los gobiernos en la economía de un país, y qué grado debería dejarse al sector privado. Todas las posiciones concebibles pueden ubicarse en una línea recta cuyos extremos son, por un lado, una economía de corte soviético en la que no existe el sector privado y todo está en manos de los gobiernos (posición convencionalmente asociada con la izquierda política), y por otro, una economía sin ningún tipo de regulación que opera bajo la tutela de la mano invisible de Adam Smith (postura asociada con la derecha), y en que el estado como mucho sirve para proteger la propiedad privada y mantener la paz. En algún punto de estos dos extremos podríamos situar las socialdemocracias “keynesianas”, y con eso, se supone, ya tenemos cubiertos a grandes rasgos todos los puntos de vista imaginables. Fuera de la discusión, claro, quedan los dogmas compartidos por todos, como la bondad y la inevitabilidad del crecimiento, la mecanización y la producción en masa; tampoco se discutirá sobre formas alternativas de organización de la economía que no puedan entrar en este cuadro ideológico unidimensional.

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Tal como muestran los dos ejemplos anteriores, esta absoluta ceguera respecto a amplias capas de la realidad ocurre no sólo a nivel individual; ocurre en sociedades y culturas enteras. Un individuo tiene una idea de lo que es cierto o falso, de lo que vale la pena discutir y de lo que es absurdo, en un cuadro mental tejido por diferentes narrativas. A su vez, este cuadro mental será a grandes rasgos compartido por una gran mayoría de miembros de su entorno (si el individuo no es un excéntrico sin remedio). En una sociedad concreta, en que sus individuos están en contacto frecuente, y que no recibe apenas influencias del exterior, todos tenderán a representarse el mundo en formas muy similares. Compartirán mucho más que lo que les separa. Y esto puede ocurrir tanto en una tribu aislada en Nueva Guinea como en una sociedad globalizada (pues esta última también está aislada de influencias del – espacio – exterior).

A su vez, los modelos simplificados de la realidad en una sociedad concreta se van heredando de generación en generación, perpetuándose, muchas veces con cambios mínimos. Un niño pequeño aprende a discernir lo que es cierto y evidente de lo que es falso y absurdo porque sus mayores se lo enseñan. Es posible que durante su etapa de crecimiento pase por un período de rebeldía en que rechace los modelos de sus padres, pero incluso la forma de ese rechazo vendrá definida por el modelo que está rechazando (el “campo de juego” será básicamente el mismo; la diferencia es que él dirá “no” a lo que su entorno dice “sí”, pero estará inconscientemente de acuerdo con su entorno a la hora de identificar cuáles son los problemas y los conflictos que importan). Y cuando el niño llegue a adulto, lo más probable (en una cultura que no esté en crisis) es que acabe aceptando los postulados principales de la sociedad en la que vive.

Veamos por ejemplo un poco del cuadro del mundo que tenían los habitantes de la Europa medieval, el conjunto de representaciones con las que se explicaban el mundo: lo que C.S. Lewis llamó el “antiguo Modelo”. A sus ojos había cosas evidentes, cosas absurdas, problemas que importaban, preguntas que cabía hacerse, conocimientos que valía la pena tener, etc.

Los medievales tenían, por ejemplo, una idea clara de cómo era el universo “físico” (idea heredada de la civilización clásica greco-romana), con la Tierra (esférica) en el centro, rodeada por ‘siete esferas’ en las que estaban ubicados los ‘siete planetas’ (incluidos la Luna y el Sol). Más allá de la séptima esfera estaba el Stellatum, donde habitaban las estrellas fijas, y más allá de eso, una esfera llamada Primum Mobile, o Primer Móvil, responsable del movimiento de los demás cuerpos celestes. Ese era el fin del universo “material”. Más allá de eso no había espacio ni tiempo, sino simplemente, en palabras de Dante, “luz pura, luz intelectual, llena de amor”. Esa imagen del mundo, completamente diferente a la nuestra, despertaba en ellos sentimientos y sensibilidades muy diferentes a los que tenemos nosotros cuando miramos al espacio. Mientras nosotros miramos al cielo y quedamos sobrecogidos ante la infinita vastedad cósmica, con distancias inimaginables de espacio vacío, frío y silencioso, y con millones y millones de galaxias con millones y millones de estrellas cada una, ellos miraban al cielo y veían algo que, dentro de su inmensidad, era “abarcable”, con una forma concreta y ordenada. El universo medieval vendría a ser, en palabras de Lewis, algo así como un “gran edificio”, esencialmente diferente al espacio sin límites ni horizonte que vemos nosotros. Todas las partes de ese universo existían “en armonía” con el todo. No había silencio, frío ni oscuridad. Había música, calor y luz.

A diferencia de nosotros, los medievales veían la consciencia como algo esencialmente diferente e independiente de la materia, y no una manifestación de ésta. Por eso, la existencia del alma, hoy día rechazada, era una obviedad palmaria, algo de absoluto sentido común. Esta independencia de la consciencia respecto a la materia, asimismo, les permitía postular la existencia de una gran variedad de seres que no existían en el “plano material”, o sólo lo hacían en ciertas ocasiones concretas, estando su residencia habitual en planos menos corpóreos. Hablo no sólo de Dios, sino de las nueve clases de ángeles que actuaban como intermediarios entre éste y los humanos, o de las hadas, que habitualmente entraban en contacto con los humanos y cuyo origen y naturaleza eran objeto de discusión, así como muchas otras entidades (fantasmas, demonios, espíritus de todo tipo, etc.).

Podríamos seguir describiendo el “modelo medieval”, pero creo que la descripción ya ha cumplido su objetivo, que era mostrar lo ajeno que era ese mundo a nuestros ojos. Para un miembro educado de nuestra sociedad, casi todo lo anterior es absurdo hasta niveles extravagantes. Se trata de una muestra de los excepcionales niveles de estupidez a los que podemos llegar los seres humanos. Las representaciones que los medievales se hacían del mundo que habitaban eran obviamente “falsas”. Pero lo mismo podríamos decir de todas las culturas antiguas de las que tenemos constancia. Da igual donde vayamos, si a Egipto, a Babilonia, a China, a India o a la América pre-colombina. Todos tenían creencias evidentemente absurdas, y sus concepciones del mundo eran erróneas y profundamente incompletas. Podemos decirlo alto y claro, con la seguridad de que (casi) nadie va a protestar.

El problema viene cuando trasladamos el foco de atención de las sociedades pasadas a la cultura actual.

Y es que una de las cosas que diferencian a nuestra cultura de todas las demás que han existido en el pasado es, según nos repetimos con insistencia, que basamos nuestro conocimiento en evidencias empíricas en vez de en supersticiones y creencias sin fundamento. Después de todo, si sabemos que la concepción del mundo de los medievales es falsa es porque lo hemos demostrado científicamente. Y creo que ahora ha llegado el momento de empezar a indagar en el conjunto de representaciones por los que nuestra propia sociedad explica cómo es el mundo en que vivimos y cuál es nuestro lugar en él. Dicho en otras palabras, vamos a comenzar a explorar el “modelo moderno” de la realidad.

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Según el “modelo moderno” de la realidad, a través de la Ciencia y la Razón los seres humanos hemos conseguido ir acumulando conocimientos verdaderos de nosotros mismos y del mundo que nos rodea, basados en hechos constatados y cuantificados. Así, a medida que nuestro saber va aumentando, las dudas se van despejando en nuestro horizonte y podemos verlo todo con más claridad. Cosas antaño desconocidas se vuelven evidentes, o evidentemente falsas, y el reino de lo desconocido se va empequeñeciendo con cada año y cada década que pasa ante el rodillo imparable del saber humano. Modelos anticuados como el medieval son desechados por sus obvios errores. La luz de nuestro conocimiento va iluminando cada vez más partes del mundo en el que vivimos, y la oscuridad está en retirada.

No es sino desde la altura intelectual que hemos alcanzado que podemos observar los limitados conocimientos de nuestros predecesores y sus estrafalarias creencias. Podemos estudiar de forma científica el comportamiento y las creencias de los humanos de épocas pasadas, como si de ratas de laboratorio se trataran. Sorprendidos por lo que parecen evidentes muestras de locura de nuestros antepasados (pensemos, sólo para empezar, en los dioses, los santos, los milagros, los espíritus, la magia, la astrología o la alquimia), nos vemos en la necesidad de desarrollar hipótesis antropológicas, sociológicas y psicológicas (véase por ejemplo La Rama Dorada de James Frazer, o Religion Explained, de Pascal Boyer) que expliquen los orígenes de delirios tan incomprensibles como las creencias religiosas. Podemos establecer jerarquías entre las sociedades del pasado, clasificándolas según su “nivel de evolución” (sociedades tribales, civilizaciones neolíticas, de la edad de bronce, de la edad de hierro, etc., hasta llegar a nuestra sociedad).

Para muchos miembros de nuestra civilización es grande la tentación de considerar a nuestros antepasados tremendamente estúpidos por creer en cosas que hoy día parecen ridículas hasta para un niño pequeño. Incluso podemos sentir un poco de vergüenza por pertenecer a la misma especie que ellos. Pero realmente culparles está fuera de lugar: a los pobres diablos les tocó vivir en la era pre-científica y pre-racional, y como consecuencia necesitaron dar rienda suelta a su imaginación para darle sentido al universo.

De hecho, al pensar en ellos, muchos parecen tener sentimientos encontrados. Por un lado, como ya he dicho, no podemos evitar sentirnos desconcertados por muchas de las creencias de estos. ¿Cómo podían dar tamañas muestras de ingenuidad y credulidad? Pero por otro lado, los respetamos, porque sin ellos no habríamos podido llegar tan lejos: para llegar a las cumbres intelectuales contemporáneas ha sido necesario que previamente nuestros antepasados pusieran una gran multitud de piedras en los cimientos del Gran Edificio de la Humanidad.

A ojos de muchos “modernos”, parece que los seres humanos tenemos esa naturaleza dual: tenemos la capacidad seguir el camino correcto, el camino del conocimiento objetivo y basado en evidencias, pero las arcanas fuerzas de la ignorancia y la superstición siempre están al acecho, preparadas para tentarnos con sus superfluas atracciones y hacernos “involucionar”.

Bajo este punto de vista, la Historia de la Humanidad tiene la apariencia de una batalla librada durante milenios entre las fuerzas de la Razón y la Ciencia, por un lado, y las de la Ignorancia y la Superstición, por otro. Por suerte, nuestra naturaleza científica y racional, la que nos hace merecer el apelativo de “Sapiens”, parece irle ganando terreno al oscurantismo medieval con el paso del tiempo. Así, mientras las grandes figuras racionales y científicas de la Grecia antigua, como Sócrates o Arquímedes, estaban en minoría y difundían su mensaje a un público que en su mayor parte no quería escuchar, hoy día la concepción científica y racional del mundo goza de tremenda popularidad entre la masa de la población. Sin embargo, aunque en este sentido hayamos evolucionado, el peligro de “volver atrás” hacia el fanatismo, la superstición y la fe ciega siempre está presente y da frecuentes avisos (así fue interpretada por muchos la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, por poner el ejemplo más en boga). En cualquier momento nuestra evolución podría verse comprometida, hay que estar atentos y esforzarnos en seguir avanzando.

Si observamos la narrativa más en detalle, veremos que uno de los momentos clave en esta batalla milenaria entre las dos naturalezas de la humanidad ocurrió durante los primeros siglos de la Edad Moderna, con el acontecer de la Revolución Científica, con la llegada de la Edad de la Razón y con la Ilustración. Estos eventos marcaron un antes y un después en nuestra historia. A partir de ese momento, el combate de desniveló a favor de las fuerzas “positivas” de la razón, el progreso y el futuro. El ritmo de nuestra evolución se aceleró enormemente a nivel de conocimientos científicos, y como consecuencia, también a nivel tecnológico, a nivel económico e incluso a nivel de libertades y derechos individuales. Por fin podíamos ver con los ojos bien abiertos, ver cómo era el mundo, sin que los dogmas del pasado nos coartaran y nos cegaran. Por fin podíamos ser objetivos, ser científicos, y ver lo que siempre habíamos tenido delante de nosotros.

Durante esta etapa crucial, grandes figuras como Nicolás Copérnico, Johannes Kepler o Galileo Galilei demostraron que la Tierra no era el centro del universo (a pesar de las resistencias de la Iglesia, institución que encarnaba las fuerzas “negativas” del pasado, de la credulidad y de lo primitivo). Según nuestro modelo, esto suponía un duro correctivo de humildad para la humanidad, acostumbrada en ese entonces a creerse el niño mimado de Dios y a asumir que habitaba en el ombligo del universo. Al mismo tiempo, se abandonaba la idea absurda de que los planetas estuvieran vivos; no se movían a través del espacio porque les apeteciera, sino porque, como cuerpos inertes en el espacio que eran, tenían que obedecer las implacables leyes de la física. De la misma forma, aprendimos, gracias a Isaac Newton, que las cosas no caían al suelo porque estuvieran enamoradas de la Tierra, tal como habían creído los medievales; la responsable era la ley de la gravedad.

Siguiendo con la narración, con nuestros siempre mejorados telescopios podíamos observar cada vez más partes del universo, y mirásemos donde mirásemos, no encontrábamos a ningún dios ni a ningún otro ser imaginario. El universo se convirtió por fin a nuestros ojos en la inmensidad fría, vacía de vida y de significado que siempre había sido, pero que nunca habíamos querido ver. El universo, hemos descubierto, es como una máquina increíblemente compleja, regida por las leyes de la física y no por un ente superior, y constituida por ingentes cantidades de materia y energía que se mueven e interactúan entre sí de forma pasiva. Incluso podemos elucubrar teorías científicas plausibles sobre el origen del universo, sin necesidad de invocar a Creadores sobrenaturales.

De forma similar, nos hemos convencido de que los avances en biología y en neurociencia nos han despertado de uno de los delirios más comunes de la era pre-científica. Como ya hemos dicho antes, hasta no hace tanto tiempo, la gran mayoría de personas habían considerado que la materia y la consciencia eran sustancias esencialmente diferentes. En realidad, según fuimos descubriendo, la sustancia básica del universo es la materia. Ésta, en ciertas condiciones, puede organizarse en formas extremadamente complejas que llamamos seres vivos, dando origen a la vida y a la consciencia, cuya existencia depende irremediablemente de una base material y es una manifestación de ésta. De hecho, lo que llamamos consciencia no deja de ser una ilusión generada por dicha materia: nuestros cerebros vienen a ser algo parecido a máquinas que responden a impulsos químicos y eléctricos, y nos engañamos pensando que el producto de estos impulsos es algo esencialmente distinto al mundo de la materia.

De forma muy relacionada, otras ideas recurrentes de las sociedades pasadas, como la idea de alma o la de espíritu, han sido identificadas por nuestra sociedad como los mitos falsos que siempre habían sido. Por mucho que busquemos en el interior del cuerpo humano con nuestros siempre mejorados microscopios y por mucho que escrutemos la realidad con nuestros cada vez más numerosos y variados aparatos de medida, no podemos encontrar ni rastro del alma o del espíritu. Una vez aceptado todo esto, se hace evidente que no puede haber nada después de la muerte. No vamos a resucitar para asistir a ningún juicio, ni reencarnarnos, ni nada. Cuando morimos, es realmente el fin para nosotros; es risible la idea de que “el alma” (sea lo que sea eso) sobreviva después de la muerte de nuestros cuerpos, ya que al fin y al cabo nosotros somos nuestros cuerpos.

A la luz de todas estas verdades descubiertas por la Ciencia, sigue la historia, una parte enorme de la herencia cultural que hemos recibido de nuestros antepasados puede ser cómodamente desechada. ¿Qué sentido tiene la religión, por ejemplo, si el origen y la evolución de la vida y el universo se pueden explicar a partir de fenómenos puramente mecánicos, causales, sometidos a las leyes de la física? ¿Por qué inventarnos seres indemostrables para explicar cosas que potencialmente podríamos llegar a demostrar desde principios empíricos y racionales? En este terreno, lo único que queda es ir puliendo cada vez más nuestro conocimiento de las leyes que gobiernan el universo, hasta que llegue el brillante astrofísico que nos revelará los más recónditos secretos del cosmos con la teoría física definitiva. No hay ninguna necesidad de inventarse seres sobrenaturales para explicar lo desconocido.

Entonces, ¿qué le queda a la religión? Para algunos es una fuente de valores morales, pero eso es difícilmente aceptable para muchos, teniendo en cuenta la sangre que se ha derramado durante milenios en nombre de ésta, por no hablar de las monstruosidades narradas en algunos de los libros sagrados. De hecho, no sería aventurado decir que las personas se han vuelto menos violentas desde que han dejado de tratar a la religión con seriedad.

Muchos concluyen, pues, que a efectos prácticos la Ciencia y la Razón se han comido a la religión. Esta última constituye una reliquia del pasado, practicada por la gente sin educación. Y presumiblemente, poco a poco también estos últimos irán aceptando la superioridad de la Ciencia y la Razón, e irán abandonando algo tan anticuado como las creencias religiosas.

Las “grandes mentes” de nuestro tiempo identifican a otra víctima del desarrollo del conocimiento. No es sólo la religión: la Ciencia ha fagocitado también a la filosofía. La mayor parte de los asuntos que habían entretenido a los filósofos durante milenios son ahora explicados o desmentidos por los científicos con exactitud matemática, y la filosofía, estupefacta, no ha sabido reaccionar. Es como si de repente, después de siglos y siglos tocando a tientas las paredes de una habitación oscura, a alguien se le hubiese ocurrido encender la luz. Lo único que le queda a la filosofía son disquisiciones banales, juegos intelectuales abstractos sin ninguna relación con la realidad. Ante la llegada del método científico, y en comparación con éste, la filosofía ha demostrado profundas carencias a la hora de alcanzar la verdad. El recientemente fallecido Stephen Hawking lo resumía en las siguientes palabras al principio de su libro The Grand Design: “la filosofía ha muerto. La filosofía no se ha mantenido al corriente de los desarrollos modernos de la ciencia, en particular de la física. Los científicos se han convertido en los portadores de la antorcha del descubrimiento en nuestra búsqueda de conocimiento”.

En un cierto sentido, parece que a lo largo del tiempo vayamos descubriendo los auténticos campos del conocimiento, mientras vamos abandonando los antiguos (teología, filosofía, alquimia, etc.) al quedar estos últimos obsoletos y demostrársenos inútiles y/o falsos.

Según la concepción moderna del mundo, entonces, nuestro conocimiento a lo largo de la historia parece ir de falso a cierto, o de erróneo a correcto. Nuevos estudios desmienten o confirman los pasados, y las ideas de una época se ven “superadas” en la siguiente. Aunque nuestro conocimiento del mundo aún no sea perfecto, se nos hace evidente que a medida que pasa el tiempo nuestra representación del mundo se va acercando más y más a la realidad, y puede explicar más y más fenómenos de ésta. Nuestro modelo va mejorando y completándose, adaptándose cada vez mejor a la realidad.

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Lo anterior forma parte del “modelo moderno” de la realidad. Tal como hemos visto, uno de los principios centrales de este modelo es que se precia de ser objetivo, o al menos de volverse más objetivo conforme pasa el tiempo, y esto lo hace esencialmente diferente a los modelos de las culturas antiguas, tan llenos de errores flagrantes y “provincianos”. Pero todos los modelos que podamos concebir tienen que ser inevitablemente subjetivos. No podemos salir de ellos y observarlos, objetivamente, desde la distancia. Forman parte de “nuestra realidad”. Por lo tanto, cuando decimos que nuestra visión del mundo es mejor que las anteriores, lo hacemos desde una posición necesariamente subjetiva, desde nuestro propio “modelo moderno”. La imagen de la evolución humana como un camino desde la Superstición hasta la Razón forma parte de “nuestra realidad”, no de “la realidad en sí misma”. Claro que nuestro modelo es mejor; eso es lo que todos dicen.

Un proponente de la concepción moderna del mundo podrá contraargumentar el párrafo anterior, afirmando que hemos “superado” la subjetividad al desarrollar las herramientas objetivas de la Ciencia y la Razón. Es gracias a éstas, dirá, que pisamos terreno firme. Es gracias a éstas, dirá, que podemos afirmar con seguridad que nuestra representación del mundo es “más correcta” que las de las sociedades pasadas.

¿Tiene razón?

Vamos a explorar la respuesta a esta pregunta en el próximo artículo.